miércoles, 8 de diciembre de 2010

La tierra está pariendo un corazón…


Son las ocho de la tarde en la cordillera de los Andes. En la puesta de sol la noche se vuelca lentamente y se vierte sobre el día, que primero se hace de colores, luego gris ceniza y por último del color de la propia noche.

Chile, desierto de Atacama, el lugar donde el diablo perdió el poncho… A estas horas comienza el lento parto de la tierra dilatada. Largos días y noches de contracciones. Tiempo de espera y esperanza. Vamos llegando.

Mina de San José. Atacama. La tierra por fin se ha abierto y de sus arenas calientes van surgiendo uno a uno, los hijos de la tierra, que renacen en un Chile de cobre, carbón y guano, un Chile mineral en tensa expectación.

La Patria Grande gime en estertores de vida. Es tiempo de que los sueños se cumplan. El cáliz de la tierra vierte todas sus sangres por este ombligo de seres que renacen.

Y así es, la tierra da a luz lentamente. Y de nuevo, los que nacen entre los muslos de arena, renacen llorando. Quizás porque eso es nacer. Dejar atrás el ombligo anudado a la memoria del olvido y hacer los ojos a la nueva luz, al nuevo amanecer de los nuevos tiempos. La muerte, más que nunca, no ha tenido la última palabra.

Hay pues llanto entre las aguas; iluminarias y armillitas de luz en la noche de los pueblos…

En esta nueva y corta infancia que ahora empiezan estos niños- hombres, los mineros trazan con tintura de tierra, los planes de lo que van a ser cuando sean grandes; cuando el mundo entero los absorba en su rutina; cuando los medios de comunicación pasen página y los llenen de olvido; cuando, en fin, el gobierno y los jefes de las bocaminas pacten un subsidio que en nada se parezca a los anhelos que se hicieron; cuando la mejora de las condiciones laborables vuelva a ser reivindicada con un encierro; cuando trabajar no cueste la oscuridad de la vista y la gangrena de los pulmones…

Madre Tierra: madre de las piedras oscuras que teñirían de sangre tus pestañas - Neruda - ; madre cuyo vientre de hulla, cobre y corrientes de azufre lleva consigo el color de la sangre… ¡Gracias por nacer a los hijos de tus entrañas! ¡Gracias por la luz de la intemperie para los que han besado tus piedras! ¡Gracias por mostrar sin pudor tus cicatrices a las manos que indagaron el útero de las cerradas minerías…! ¡Gracias Madre Tierra! Hoy todos somos chilenos…!

Artículo publicado en Diario de Noticias con motivo del rescate de los mineros chilenos atrapados bajo tierra.
Lo firmé: Iosu Moracho en nombre del Comité Cristiano de Solidaridad con A. L. de Navarra.

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