domingo, 2 de marzo de 2014
Escarabajos
Nada más nacer
observan a sus mayores
hacer rodar delante suya
la pelotita de desperdicios
rumbo a la madriguera.
Provisiones de invierno, se dicen,
previsiones de frío.
Rodar y hacer rodar la basura cotidiana
puede suponer la diferencia
entre la vida y la muerte.
Así, mientras otros se quedan en las cunetas
de los caminos
esperando iluminar la noche
con secreciones de luz,
los escarabajos apuran el paso
y empujan su bolita de barro
por esa pequeña pendiente
con cuidado de que la vida
no se la eche encima y acaben enlodados.
Los escarabajos,
confundidos a ratos con las cucarachas,
por la ignorancia de los humanos,
acaban, no pocas veces,
bajo la bota de algún muchacho callejero
o alguna adolescente dolorida.
Cundo su ímpetu es grande, a veces, sucede
que sus manos se enganchan a la bolita de desperdicios
y en un empujón se encrestan sobre ella
y ruedan junto a su basura
haciendo trompos y vueltas de campana
hasta que se sueltan de su miseria
y quedan, a la piedad del mundo,
con las patitas boca arriba
y el cascarón de barca pegado a la tierra,
así, hasta que logran darse la vuelta
para volver a empezar.
Eso sí,
lo que poca gente sabe
es que cuando cae el sol y se oculta como una moneda
por la hucha del horizonte,
de la parte superior de su espalda
en el lugar donde los soldados llevan su mochila,
se descubren, como por ensalmo,
dos pares de alitas finas y casi transparentes,
porque, ya no es un secreto, como nosotros,
los escarabajos vuelan al atardecer.
Iosu Moracho Cortés
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