Ayer murió Neil Armstrong,
el primer ser humano que pisó la Luna.
Sucedió el 20 de julio de 19 69. Aquel día yo tenía casi 6 años y esas
Navidades el juguete que todos pedimos a los reyes fue un Módulo Lunar. Una
especie de plataforma con una cañita imantada, con la que hábilmente debíamos
incorporar a un pequeño astronauta en la nave espacial, mientras esta giraba a
velocidad infantil.
A mí lo que más me gustaba
era la caja, con las fotografías del espacio que eran iguales a los cromos que
por aquel entonces había de un álbum titulado Ciencia de la Naturaleza. El
álbum lo tuve, pero a mí, ese año los reyes me regalaron un coche rojo de
carreras que no ganó nunca ninguna. Por lo que a partir de ese momento me hice
republicano.
Era la época de los chicles
de regaliz, de color negro, que tenían cromitos de plástico con fotos de los
planetas y de las naves espaciales. En la escuela jugábamos con las filminas
que regalaban en los conguitos también con motivos espaciales. Nos pegábamos
por los pequeños proyectores de bombilla que eran como esas teles con botón que
hoy venden en los kioskos de todas las ciudades de veraneo con las imágenes de
sus monumentos.
Armstrong fue un héroe toda
su vida. Dicen que s su pesar. Sus palabras, aquellas de que esto es un pequeño paso para el hombre, pero
un gran salto para la humanidad, aparecieron en todos los diarios de la
época, en nuestros libros de texto, en los nodos del régimen franquista, y se
quedaron grabadas en nuestro subconsciente. Cada paso que dábamos era un gran salto para la humanidad.
En los libros de
personalización y en los que posteriormente se editarían bajo el signo de la
renovación tras el Concilio Vaticano II, que tanto rechazaron los integristas,
y aun en los ensayos políticos y sociales de análisis de coyuntura, se recogían
estas frases suyas y de los astronautas de la época, para invitar a crecer y a
comprometerse a los adolescentes. Aquella de que la Tierra era tan pequeña que
se podía tapar con un pulgar. Esa otra que afirmaba que desde ahí arriba no se
veían las fronteras y el mundo era uno, como en la canción de Lennon.
Imagínate…
Y nosotros nos imaginábamos,
sí. Por ejemplo, cómo sería la vida sin el dictador y sin la dictadura.
Nosotros, que estábamos hasta el gorro de tanto dictado y de tanta copia como
castigo, por aquella pedagogía de muerte que afirmaba que la letra con sangre
entraba, y ya teníamos bastante sangre en las manos.
Armstrong, Collins y Aldrin,
y también Gagarin y la perra Laika, eran los héroes en quien muchos nos
mirábamos, cuando llevábamos la vista al cielo. Aquí en la tierra, el Ché
Guevara y Martín Luther King se llevaban
casi todos los planos. ¡Cuántas mascotas no se llamaron Laika en aquella época!
La mía, se llama Luna y no es por casualidad. Cuando hoy la miro caminar a mi
lado, me acuerdo de Armstrong después de dejar su huella, dando saltitos sobre
la superficie lunar en esa gravedad cero en la que todo parecía flotar y hasta
los problemas cotidianos quedaban suspendidos. El vacío interestelar en el que
todo iba lento, muy lento. Porque si algo fue la luna para todos nosotros fue
un detenerse y mirar, una contemplación. El elogio de la lentitud. La pedagogía
del silencio. La unidad del planeta y el inicio de todas las revoluciones que pretendieron
en aquella época cambiar algo.
Todos dimos ese paso, ese
gran salto con Neil Armstrong. Ese que nos alejaba de la infancia y nos impelía
a cometer el atroz delito de tomarnos la vida en serio.
Hoy, cuando miro para atrás
y me veo en medio del aula de mi vieja escuela, recuerdo los rostros de los
compañeros que ya no están, pero que me enseñaron muchas cosas, a veces con
dolor y con sangre. Me imagino que yo también les habré enseñado algunas cosas
a ellos.
Iosu Moracho Cortés
mendi16@terra.es