jueves, 5 de enero de 2012

Harriaren arima - El alma de la piedra


Visitamos la casa de Jorge Oteiza,
el escultor, el poeta,
el marido de Itziar,
el vaciador de espacios,
el referente del alma vasca hecha piedra.

La casa museo de Oteiza en Alzuza
nos impresiona.
Se trata de unas formas poliédricas
que vistas desde afuera
no parecen albergar el espacio y la luz
que contienen dentro.

No hay curvas,
sólo líneas rectas y aristas por todos los lados.
Espacios inverosímiles
desde ventanas trazadas por la fantasía y la perspectiva.
Aquí se ha hecho también
una “desocupación activa del espacio”

El Atahuts, ese vacío de la puerta,
(Atea – Puerta; Hutsa – Vacío)
es un marco para el contenido,
un vacío para la forma y una forma para el vacío.

El vacío debe ser,
representación de la función.
La forma, el plano físico mural.
La suma vacía debe ser mayor
que la suma formal de materia.
Lo desocupado más que la ocupación…
… Malévich…
La materia formal es menor siempre que
el plano físico.
A mayor ocupación formal,
menor resultado activo.

Es una insistencia en la obra de este escultor,
la pesadez de las formas
se oponen a lo liviano, que es lo importante.
Con tizas y con latas viejas,
su laboratorio de de tizas, luces y sombras,
Oteiza desarrolla su teoría de investigación,
su arquitectura del espíritu.

Tenemos miedo a los espacios abiertos
y preferimos encerrar el alma humana
en un txoko, constriñendo así nuestro espíritu,
dejándolo sin alas y sin capacidad de volar.

Un alma sin músculo para engendrar ideas,
como la que se vive en el interior de las ciudades modernas,
abotargadas, obstruidas, repletas de contenidos
y sin aire para respirar, pensar, soñar, compartir…

En mi escultura final no se ve más que vacío:
el espacio ha quedado desocupado y separado del tiempo,
desmontada la expresión; un espacio espiritualmente habitable.

La vida sólo va a ser capaz de resonar
en aquellos lugares en los que hay espacio
para que se produzca el eco, y un eco interior…

Vivimos es espacios que no son habitables,
espacios en los que nuestra alma se ahoga, se asfixia,
padecemos insuficiencia respiratoria del alma.
Necesitamos horizontes todos los días, e utopías,
pero desplazamos estos intereses por otros más cotidianos
que lo que consiguen es un aumento del stress y la cosificación
en nuestras relaciones personales.

Espacio vacío, abierto y al mismo tiempo vigilante…

Porque esa es la naturaleza del espíritu,
el estado de vigilia permanente
para que los malos vientos no  nos descentren de nosotros mismos.

Todos quieren decir algo; por ocupación.
Yo quiero decir NADA, dejar huella,
el vacío, de esto que uno no debe decir.

Siempre pasa algo en la obra de arte.
Yo no quiero que pase nada.
Solamente una desocupación pasa
y algo ha ocupado un sitio vacío
en el que yo mismo he de pasar.

No dejar marca, no dejar huella.
Pasar por la vida comprendiéndolo todo
y sin dañar nada.
Como esos seres que en la India llevan un velo
para no hacer daño a ninguna criatura,
ni siquiera al respirar.
Seres que barren el suelo que pisan
para apartar todo lo vivo de su paso de muerte.

No hay mayor indigencia que la de sentirse
indigno desde la profundidad del ser.

Todos vamos a pasar…
Y en ese ser conscientemente nos jugamos
la felicidad en esta vida.

Llenamos,
cuando estamos llamados al vacío.

Poseemos,
cuando estamos llamados al desprendimiento.

Las formas se niegan a avanzar si el espacio avanza.
Riqueza formal y riqueza espacial,
estéticamente se contradicen,
se hallan en razón inversa.

Especialmente pura, la estatua formalmente
se aproxima a cero.
Con estatua igual a cero, con arte igual a cero,
quiero significar voluntad espacial absoluta.

La luz no avanza si hay obstáculos.
Más bien crea sombras, que son espacios velados de luz.
Es difícil, si no imposible, descubrir y atrapar el alma
dentro de las sombras.

Esto sólo lo enseñan los buenos maestros,
como decía Franco Battiato en su Perspectiva Newski:
Mi maestro me enseñó a descubrir el alba
dentro de las sombras…

El alba es esa capacidad que posee el alma
de renacer en cada instante de la vida.

A las afueras de la iglesia románica de Alzuza,
bajo dos cipreses, están enterrados sencillamente
Itziar y Jorge, unidos por una cruz que el escultor diseño,
una cruz unida en sus brazos,
significando un abrazo a la amada incluso después de la muerte.

Este obrero de Dios, como reza escrito en piedra,
acompaña al paisaje de la tierra que lo acogió,
aunque sus dirigentes políticos se empeñaran en ningunearle,
lo cual no deja de ser un honor, habida cuenta de quiénes se trataba.

Dejando atrás las nieblas rancias,
Oteiza siempre supo bregar a contracorriente,
y es más, se diría que esa precisamente fue la cuerda vital de su vida:
el cuestionamiento a todo lo establecido,
la ruptura con todo poder y toda institución.

Espíritu libre, Jorge Oteiza, nacido en Orio en 1908
y muerto en Donostia en 2003,
supo siempre conquistar los espacios abiertos
y vaciar los espacios llenos
para que de ellos surgiera el aliento de la vida
y la luz interior de cada cosa,
como hizo con su monumental friso de los apóstoles en Arantzazu.

En Arantzazu pretendo servir plásticamente a la reactividad de la fe.
La fe es también creer lo que vemos y que nos parece no entender.
No haré nada que yo no entienda…

El arte nuevo colabora en la sobrenaturalización del hombre,
le obliga a salir de sí mismo, le pone en peligro para que sea él mismo
el que se salve.

En Arantzazu he puesto en la mano de la Virgen el palo de los dantzaris…

Oteiza entendió que la fe es un privilegio del espíritu
y no una suma de normas o principios de obligado cumplimiento.
El único imperativo que se dio a sí mismo fue el servir
a ese Dios de la Vida que residía en el Alma del Pueblo Vasco,
y lo hizo de la manera que mejor sabía,
a través de sus esculturas y de sus palabras hechas piedra, hierro y vacío.

Quitando todo lo que sobra, encontraremos eso que nos falta.

El arte contribuye a probar la fe del hombre,
a denunciar la fe debilitada y convertida en rutina.
A fortalecerla y renovarla.

Dónde ponemos el centro de nuestras vidas… ¿En la rutina?
Si nos buscamos a nosotros mismos
debemos realizar una tarea de renovación constante,
lo cual implica hacerlo todo nuevo a cada instante,
para darle sentido y sentido trascendente.

Esto también tiene sentido como pueblo,
si no conocemos nuestras raíces, o lo que es peor, renegamos de ellas,
entonces nuestra base se tambalea a cada instante,
¿Dónde queda el “sonema” de nuestra lengua -Euskera gure hizkuntza-?
Sonema y no fonema, sí. Ese sonido que es como una siseo,
un susurro de hojarasca que esta siendo pisada y habla.

La piedra es memoria histórica de acontecimientos,
es memoria histórica de pueblo. No es posible el olvido
si de lo que se trata es de ser.

He abierto los poliedros hasta gastar su interior,
hasta transformar sus concavidades planas en cortes lineales,
hasta divisar su luz interior propia…

Cuando Jorge Oteiza habla de que la solución de cada cosa
se halla siempre fuera de sí misma, no se refiere a su falta de luz interior,
sino a su manera de ser mirada desde una objetividad, sin una implicación afectiva, o sea, una mirada libre, no condicionada por nada ni por nadie.

Abrir los poliedros significa rasgar la propia manera de pensar,
romper con el pensamiento dominante, trazar nuevas sendas, nuevos caminos.

Con unas estatuas se alimentaron y defendieron durante cientos de años los pueblos americanos que vivieron en los Andes antes de ser descubiertos por los europeos. Lo que esas estatuas pretendían, lo que toda obra de arte persigue secreta o conscientemente, es eso precisamente: la salvación del hombre, el organizarlo y defenderlo contra la muerte en todos los aspectos en que ella se presenta…

Y estos son los dos caminos de salvación correspondientes: el camino religioso y el camino estético. Son dos formas religiosas, podríamos decir, diferentes, sucesivas, son dos formas estéticas, diferentes, sucesivas…

El alma de nuestro pueblo es un contenedor de silencios,
una escultura de espacios abiertos,
espacios ganados al vacío a la forma impuesta
y a la impostura formalizada.

Sólo la sensibilidad hacia lo nuestro nos salvará del olvido.
He disfrutado una vez más en ese jardín de piedras, tizas, hierros y palabras
en el que pensaba y soñaba con el vacío
nuestro gran poeta y escultor Jorge Oteiza.

                                               Iosu Moracho Cortés
                                               Sarriguren 5 de enero de 2012