Después de la fiesta
Después de la fiesta, después de que la vida y la muerte nos hayan mirado a los ojos y se nos hayan pegado a los párpados y al corazón, una vez más, queda demostrado que esta ciudad es grande solamente cuando se abre al mundo y se universaliza. Porque cuando se refugia en si misma, cuando es como el caracol, su espiral se vuelve piruleta de feria y entonces emana su provincialismo, su anacronía con los tiempos que corren. Y uno tiene ganas de escapar de sus cáscaras, sin que le importe ser un gusano apátrida o un náufrago en medio de la espesura de las sombras de este mundo.
Pamplona, ciudad abierta, está viva. Es convulsa, radiante, expresiva, centro de sí que irradia sensualidad, calidez, acogida y solidaridad. Como alguien, que siendo como es, sólo tiene que abrir sus brazos, sus puertas, balcones y ventanas, para decir, bienvenidos a mi casa. Y extender la sonrisa. Y poner uno, diez, cien, un millón de platos más sobre la mesa.
Tenemos trescientos sesenta y cinco días para no olvidar todo esto, para no olvidar que ser centro es una tarea loable y plausible, una tarea que nos hace humanos y que nos libera de ser ombligo de todas las miradas, porque, digámoslo una vez más, ser centro es ser aquello que nos libera de nosotros mismos y nos abre y nos globaliza.
Ser estrella brillante en un pluriverso enredado de estrellas incandescentes.
Ojala fuera San Fermín todo el año en nuestros corazones.
(Reflexión que hice después de las fiestas de San Fermín de 2010)
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