miércoles, 22 de mayo de 2013

Salida cultural



Paseamos por Pamplona
con un cuaderno de actividades y un lápiz en la mano,
somos treinta, estamos armados
y debemos estar en grupo y atendiendo.

El profesor hace de pastor: junta el ganado
y va a buscar a las ovejas que se quedan atrás.
La monitora nos habla con conocimiento de causa,
como si hubiera vivido en todas las épocas
en que sucedieron las cosas que nos dice,
como si hubiera estado allí.
A media mañana descubre que el altavoz que lleva en la cintura
estaba desconectado desde el principio,
entonces, sin desanimarse, saca una pastillita de regaliz
y respirando hondo se la toma.

Enseguida nos damos cuenta de que no nos conoce.
No sabe que ese que se mueve todo el rato y hace como que no escucha, escucha en realidad, y sin embargo aquella que parece atender
porque no le quita la vista de encima,
está en las musarañas desde que se ha levantado.
Ignora qué es lo que nosotros queremos saber
y nos cuenta qué es lo que ella quiere que nosotros sepamos:
eso se llama programación.
Cuando pregunta cuándo dejaron de ser efectivas las murallas
J. qué es más listo que el aire le dice que desde que hubo aviones, y acierta,
eso se llama educar por competencias.
Cuándo nos habla de Carlos III el noble,
se olvida de cuál es nuestro concepto de nobleza
qué es ese de que a una compañera no se les escupe aunque antes ella
nos haya echado pipas a la cara.

Además comete errores de niña, pero se los perdonamos:
¡a quién se le ocurre llevarnos por una plaza en la que hay columpios
y pasar de largo! Más vale que el profe está al quite y rejunta a las ovejas.
También se olvida de que Pamplona es un pañuelo
y que fulanita se ha encontrado con su tía y se ha salido del grupo,
junto a todas sus amigas, para ir a darle un beso.
A estas alturas la pobre ya lleva media caja de pastillitas de regaliz…

Las iglesias son aburridas porque no se puede hacer ruido
ni comer chuches dentro (y eso que teníamos que traer bocadillo).
Las maquetas son chulas, pero no se pueden tocar.
Las placas de las paredes son siempre menos interesantes
que esa señora del segundo piso que desde la ventana
nos manda besos para todos (¿ o hace gimnasia…?)

L. y C. preguntan a ver si pueden pedirles a los coches que les piten,
pero el profe, muy cabal, les dice que no tenemos que sentirnos
el ombligo del mundo y bla, bla, bla, bla, bla…
M. y J van por la calle mirando los escaparates y desde hace rato
pasan de la explicación. L. tiene miedo a los perros
y por un rato se olvida de apuntar por dónde vamos.
S. se imagina que es un guardia urbano y se pone a imitar sus movimientos,
hasta que ve a uno que le mira a los ojos y se ríe.

Llevamos siete mendigos en el recorrido, bueno seis,
porque uno se ha cambiado de sitio y lo hemos visto dos veces.

¡Qué cantidad de cosas hemos aprendido de Pamplona!
¡La de calles que hemos cruzado para volver
hasta el mismo punto del que partimos! (¿Para qué hemos dado
toda la vuelta?).
¡Qué nervioso se ha puesto el profesor cuando a L. y a M.
se les ha salido el zapato en medio de la Avenida!

¡Jo, ha sido estupendo! Hemos perdido dos bolis y un estuche,
un cuaderno de trabajo se ha caído a un charco por la página siete
y una señora gorda y pintarrajeada se he metido justo en el baño
en que A. y I. iban a entrar.

¡Ah sí! Pamplona tenía tres Burgos,
un obispo al que le cortaron la garganta y le pusieron un pañuelo rojo
y otro que murió en un pueblo de Francia empitonado por un toro.
Y todo esto lo escribió un tal Hemingway
cuando se lo contó la monitora
una vez que lo vio  buscando una perla en las fiestas de San Fermín…

                                        Iosu Moracho Cortés
                                        Pamplona 8 de mayo de 2013
                                        (Yo estuve allí, lo juro)