domingo, 22 de septiembre de 2013

Laurel



Lo cuenta David González


en ese libro suyo que es imperante y enaltecedor
desde las vísceras y la ternura:
Anda, hombre, levántate de ti…

Los albañiles,
los levantadores de edificios con cargo a su salud,
los constructores de casas con riesgo laboral,
los edificadores de nuestro bienestar por la gracia de Dios,
hace ya tiempo, unos cuantos años,
tenían la costumbre de colocar
en el punto más alto del edificio en construcción
una ramita de laurel para alejar los peligros de los accidentes:
una bandera vegetal mirando al cielo,
la mano de un dios de la naturaleza como capazo de los rayos
y las caídas desde el andamio.

Hoy esta costumbre se va perdiendo.
Yo recuerdo ramas de laurel en las puertas de los caseríos vascos
junto al eguzkilore y los aldabones de hierro
como cicatrices sobre la madera.
El laurel Laurus nobilis, tiene la nobleza
de acompañar las penurias de los trabajadores,
de condimentar sus comidas,
de laurear a los vencedores
y de esconder a las perseguidas de los dioses
bajo su manto de hojas duras y olorosas,
(Dafne se convirtió en laurel huyendo del deseo de Apolo).

Yo corro a preguntarle a mi vecino, albañil,
ahora en paro en medio de la crisis, pero albañil.
Me dice que recuerda algo, pero que es una costumbre de hace tiempo,
como regalar aguinaldo a los carteros, pienso,
botellas de turrón y champán al guardia urbano,
o un platito con mazapanillos al sereno que guardaba las llaves
de toda la comunidad.

Del laurel, me dice, ya no queda nada.
Yo le digo: Mi abuela lo ponía en la olla
cuando hacía las alubias…
Recuerda César que eres humano,
le repetía el esclavo al dignatario
cuando este entraba triunfante en la ciudad.

Y mientras tanto le sostenía sobre su cabeza una coronita
de laurel…

                                        Iosu Moracho Cortés
                                        Septiembre 2013

miércoles, 22 de mayo de 2013

Salida cultural



Paseamos por Pamplona
con un cuaderno de actividades y un lápiz en la mano,
somos treinta, estamos armados
y debemos estar en grupo y atendiendo.

El profesor hace de pastor: junta el ganado
y va a buscar a las ovejas que se quedan atrás.
La monitora nos habla con conocimiento de causa,
como si hubiera vivido en todas las épocas
en que sucedieron las cosas que nos dice,
como si hubiera estado allí.
A media mañana descubre que el altavoz que lleva en la cintura
estaba desconectado desde el principio,
entonces, sin desanimarse, saca una pastillita de regaliz
y respirando hondo se la toma.

Enseguida nos damos cuenta de que no nos conoce.
No sabe que ese que se mueve todo el rato y hace como que no escucha, escucha en realidad, y sin embargo aquella que parece atender
porque no le quita la vista de encima,
está en las musarañas desde que se ha levantado.
Ignora qué es lo que nosotros queremos saber
y nos cuenta qué es lo que ella quiere que nosotros sepamos:
eso se llama programación.
Cuando pregunta cuándo dejaron de ser efectivas las murallas
J. qué es más listo que el aire le dice que desde que hubo aviones, y acierta,
eso se llama educar por competencias.
Cuándo nos habla de Carlos III el noble,
se olvida de cuál es nuestro concepto de nobleza
qué es ese de que a una compañera no se les escupe aunque antes ella
nos haya echado pipas a la cara.

Además comete errores de niña, pero se los perdonamos:
¡a quién se le ocurre llevarnos por una plaza en la que hay columpios
y pasar de largo! Más vale que el profe está al quite y rejunta a las ovejas.
También se olvida de que Pamplona es un pañuelo
y que fulanita se ha encontrado con su tía y se ha salido del grupo,
junto a todas sus amigas, para ir a darle un beso.
A estas alturas la pobre ya lleva media caja de pastillitas de regaliz…

Las iglesias son aburridas porque no se puede hacer ruido
ni comer chuches dentro (y eso que teníamos que traer bocadillo).
Las maquetas son chulas, pero no se pueden tocar.
Las placas de las paredes son siempre menos interesantes
que esa señora del segundo piso que desde la ventana
nos manda besos para todos (¿ o hace gimnasia…?)

L. y C. preguntan a ver si pueden pedirles a los coches que les piten,
pero el profe, muy cabal, les dice que no tenemos que sentirnos
el ombligo del mundo y bla, bla, bla, bla, bla…
M. y J van por la calle mirando los escaparates y desde hace rato
pasan de la explicación. L. tiene miedo a los perros
y por un rato se olvida de apuntar por dónde vamos.
S. se imagina que es un guardia urbano y se pone a imitar sus movimientos,
hasta que ve a uno que le mira a los ojos y se ríe.

Llevamos siete mendigos en el recorrido, bueno seis,
porque uno se ha cambiado de sitio y lo hemos visto dos veces.

¡Qué cantidad de cosas hemos aprendido de Pamplona!
¡La de calles que hemos cruzado para volver
hasta el mismo punto del que partimos! (¿Para qué hemos dado
toda la vuelta?).
¡Qué nervioso se ha puesto el profesor cuando a L. y a M.
se les ha salido el zapato en medio de la Avenida!

¡Jo, ha sido estupendo! Hemos perdido dos bolis y un estuche,
un cuaderno de trabajo se ha caído a un charco por la página siete
y una señora gorda y pintarrajeada se he metido justo en el baño
en que A. y I. iban a entrar.

¡Ah sí! Pamplona tenía tres Burgos,
un obispo al que le cortaron la garganta y le pusieron un pañuelo rojo
y otro que murió en un pueblo de Francia empitonado por un toro.
Y todo esto lo escribió un tal Hemingway
cuando se lo contó la monitora
una vez que lo vio  buscando una perla en las fiestas de San Fermín…

                                        Iosu Moracho Cortés
                                        Pamplona 8 de mayo de 2013
                                        (Yo estuve allí, lo juro)

domingo, 25 de noviembre de 2012

De la mano



En esta vida
todo lo aprendemos
de la mano de alguien.

De la mano de nuestros padres
aprendemos a ponernos en pie,
a caminar erguidos, a abotonarnos a la vida
y a valernos por nosotros mismos.

De la mano de nuestros hermanos
aprendemos a compartir, a ceder,
a proteger y a cuidar
y a crecer para dar ejemplo.

De la mano de nuestros maestros
aprendemos a pensar, a razonar,
a explorar el mundo que nos acoge
y el universo que nos rodea y nos comprende.

De la mano de nuestros amigos
aprendemos a disfrutar, a perder para ganar,
a dar sin esperar nada a cambio
y a descubrir la vida.

De la mano de la persona que amamos
aprendemos a sentir, a salir de nosotros mismos, a encontrarnos con el otro,
a hacernos preguntas que no tienen respuesta, o que no esperan respuesta,
y a comprometernos con el amor, el dolor y la esperanza.

De la mano de nuestros hijos
aprendemos a llevar de la mano
a quien no puede caminar solo,
aprendemos la paciencia, la gratuidad
y que el tiempo que tenemos no nos pertenece.

De la mano de nuestros nietos
aprendemos a recuperar el niño que fuimos,
y a recordar el camino de vuelta a casa.

De la mano de nuestra enfermedad
aprendemos a ser humildes,
a aceptar la ayuda de los otros
y a formar parte de un todo llamado humanidad.

Y cuando acaba nuestra vida
aprendemos a agradecer todas esas manos
que siempre nos han llevado,
y a darnos cuenta de que todas las manos
eran la misma mano desde el principio,
y que no ha habido más que una sola mano en nuestra vida,
la del Dios de la Vida,
que siempre ha estado junto a nosotros
caminando a nuestro lado,
de la mano.

                                                                Iosu Moracho

Evaluación formativa y por competencias (una reflexión desde la poesía y el arte)



Releo una vez más un hermoso libro titulado
El primer maestro.
Se trata de una pequeña historia que relata cosas grandes.
Su autor, Chinguiz Aitmatov nació en una aldea de Kirguizia
allá por 1928. Veterinario, agricultor y literato.
Un mundo duro el que le tocó ver y vivir.

El libro cuenta la historia de una muchacha de una aldea perdida,
quizás la suya, que cuenta con dotes especiales para el dibujo y el saber,
pero que está condenada a una vida mediocre y mezquina
por la pequeñez de miras de sus progenitores.
El primer maestro tomará cartas en el asunto para dar un vuelco
en esa vida.

Chinguiz Aitmatov se pone en el papel del artista
que tiene frente a sí mismo
el boceto de lo que será una obra de arte.
La educación en sí es una obra de arte.
No me gusta hablar de una obra inacabada,-dice,
ni siquiera comentar con las personas más próximas,
por la sencilla razón de que me parece difícil adivinar
cómo será el niño que hoy descansa todavía en su cuna.

Hasta que un joven no toma las riendas de sí mismo
y se convierte en el pintor de su propia vida,
el maestro no puede sino captar resonancias
de ese alma en proceso de aprendizaje.

Juzgar una obra en un esbozo
es un empeño sumamente delicado
cuando no aventurado e irresponsable.

Todo maestro sabe que el descubrimiento de lo esencial
es una tarea que no depende de sí mismo,
sino del propio alumno,
y que dicho afán sucede de repente,
como el amanecer que irrumpe en medio de las sombras
y despliega todo su esplendor
en medio del paroxismo de lo súbito.
Hasta ese momento la tarea es ardua,
sembrar, pulir, desbrozar,
ver crecer y podar.

A veces la obra de arte apunta hacia algo,
pero siempre es más un iceberg
que esconde mucho más de lo que muestra.

En nuestras manos un alumno
es sobre todo un proyecto de sí mismo,
algo que sobrecoge y nos enseña a ser en todo momento
auténticos modelos de esa realidad llena de valores,
en medio de la gran contradicción
que es la vida de cada día.

Muchas son las veces
en que empezamos todo de nuevo:
pintura blanca, goma de borrar o tippex…
Pero, todo lo que cae en el blanco lienzo del alma de un niño
es imborrable. Esa tierra es sagrada.

Crecemos entre recuerdos,
con los recuerdos y a pesar de los recuerdos.
A veces, más nos valiera el olvido,
y sin embargo, un solo maestro puede salvarnos.

Abro la ventana de clase de par en par
y una corriente de aire fresco
penetra en el aula: Silencio, mis alumnos trabajan…

                                                                        Iosu Moracho

domingo, 26 de agosto de 2012

El año en que fuimos a la Luna



Ayer murió Neil Armstrong, el primer ser humano que pisó la Luna. Sucedió el 20 de julio de 1969. Aquel día yo tenía casi 6 años y esas Navidades el juguete que todos pedimos a los reyes fue un Módulo Lunar. Una especie de plataforma con una cañita imantada, con la que hábilmente debíamos incorporar a un pequeño astronauta en la nave espacial, mientras esta giraba a velocidad infantil.

A mí lo que más me gustaba era la caja, con las fotografías del espacio que eran iguales a los cromos que por aquel entonces había de un álbum titulado Ciencia de la Naturaleza. El álbum lo tuve, pero a mí, ese año los reyes me regalaron un coche rojo de carreras que no ganó nunca ninguna. Por lo que a partir de ese momento me hice republicano.

Era la época de los chicles de regaliz, de color negro, que tenían cromitos de plástico con fotos de los planetas y de las naves espaciales. En la escuela jugábamos con las filminas que regalaban en los conguitos también con motivos espaciales. Nos pegábamos por los pequeños proyectores de bombilla que eran como esas teles con botón que hoy venden en los kioskos de todas las ciudades de veraneo con las imágenes de sus monumentos.

Armstrong fue un héroe toda su vida. Dicen que s su pesar. Sus palabras, aquellas de que esto es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad, aparecieron en todos los diarios de la época, en nuestros libros de texto, en los nodos del régimen franquista, y se quedaron grabadas en nuestro subconsciente. Cada paso que dábamos era un  gran salto para la humanidad.

En los libros de personalización y en los que posteriormente se editarían bajo el signo de la renovación tras el Concilio Vaticano II, que tanto rechazaron los integristas, y aun en los ensayos políticos y sociales de análisis de coyuntura, se recogían estas frases suyas y de los astronautas de la época, para invitar a crecer y a comprometerse a los adolescentes. Aquella de que la Tierra era tan pequeña que se podía tapar con un pulgar. Esa otra que afirmaba que desde ahí arriba no se veían las fronteras y el mundo era uno, como en la canción de Lennon. Imagínate…

Y nosotros nos imaginábamos, sí. Por ejemplo, cómo sería la vida sin el dictador y sin la dictadura. Nosotros, que estábamos hasta el gorro de tanto dictado y de tanta copia como castigo, por aquella pedagogía de muerte que afirmaba que la letra con sangre entraba, y ya teníamos bastante sangre en las manos.

Armstrong, Collins y Aldrin, y también Gagarin y la perra Laika, eran los héroes en quien muchos nos mirábamos, cuando llevábamos la vista al cielo. Aquí en la tierra, el Ché Guevara  y Martín Luther King se llevaban casi todos los planos. ¡Cuántas mascotas no se llamaron Laika en aquella época! La mía, se llama Luna y no es por casualidad. Cuando hoy la miro caminar a mi lado, me acuerdo de Armstrong después de dejar su huella, dando saltitos sobre la superficie lunar en esa gravedad cero en la que todo parecía flotar y hasta los problemas cotidianos quedaban suspendidos. El vacío interestelar en el que todo iba lento, muy lento. Porque si algo fue la luna para todos nosotros fue un detenerse y mirar, una contemplación. El elogio de la lentitud. La pedagogía del silencio. La unidad del planeta y el inicio de todas las revoluciones que pretendieron en aquella época cambiar algo.

Todos dimos ese paso, ese gran salto con Neil Armstrong. Ese que nos alejaba de la infancia y nos impelía a cometer el atroz delito de tomarnos la vida en serio.

Hoy, cuando miro para atrás y me veo en medio del aula de mi vieja escuela, recuerdo los rostros de los compañeros que ya no están, pero que me enseñaron muchas cosas, a veces con dolor y con sangre. Me imagino que yo también les habré enseñado algunas cosas a ellos.

La Luna tiene algo de nostalgia, de memoria y de olvido, algo de melancolía que a veces endulza el alma y a veces la enferma. Vamos caminado estos días lentamente hacia la Luna Llena. Y el caso es que definitivamente, nosotros crecimos. Sí, crecimos y nos comprometimos con la vida y Armstrong tuvo algo que ver con todo ello. Así, que donde quiera que ahora esté el viejo astronauta, esta sonrisa y la próxima Luna, van por ti. ¡Salud a tod@s, compañer@s!

                                                                  Iosu Moracho Cortés
                                                                  mendi16@terra.es

domingo, 3 de junio de 2012


Tríptico africano


 “El sudor es levadura para la tierra, no su tributo”

                                                    Wole Soyinka
                                                     Nigeria 1934
                                                     Ujamaa (Para Julius Nyerere)


Hoy por la tarde,
la tierra roja de laterita
se ha vestido de oro y diamantes,
para ver pasar a las muchachas baulé
con sus batiks antiguos y sus cántaros llenos de agua.

Entre los mares de hierba,
duerme su sueño real la joven leona. El antílope,
quieto como una estatua,
olisquea el aire de la sabana en busca del peligro.
El guepardo de ojos claros,
devora en lo alto del baobab los restos de su última presa,
mientras abajo, sonríen las hienas.
Un viejo elefante marca distancias en el damero
y la jirafa empuja a la cría recién nacida,
para que se incorpore sin más ayuda,
en esta educación de guerra.

Las muchachas atraviesan los caminos de tierra,
un enjambre de palabras se anudan sobre los arbustos, a su paso.
Cuando ellas ya trenzaban sus paños de seda
los hombres ni siquiera habían bajado de los árboles.

El viento de esta noche será cálido
y habrá una luna encendida con sangre
sobre la montaña.

La tarde traza ya sus últimos compases.
El griot camina ya hacia el tronco del árbol.                   
Esta noche, en torno a la hoguera,
desgranará para grandes y pequeños, su racimo de historias
hasta que todos duerman.

jueves, 5 de enero de 2012

Harriaren arima - El alma de la piedra


Visitamos la casa de Jorge Oteiza,
el escultor, el poeta,
el marido de Itziar,
el vaciador de espacios,
el referente del alma vasca hecha piedra.

La casa museo de Oteiza en Alzuza
nos impresiona.
Se trata de unas formas poliédricas
que vistas desde afuera
no parecen albergar el espacio y la luz
que contienen dentro.

No hay curvas,
sólo líneas rectas y aristas por todos los lados.
Espacios inverosímiles
desde ventanas trazadas por la fantasía y la perspectiva.
Aquí se ha hecho también
una “desocupación activa del espacio”

El Atahuts, ese vacío de la puerta,
(Atea – Puerta; Hutsa – Vacío)
es un marco para el contenido,
un vacío para la forma y una forma para el vacío.

El vacío debe ser,
representación de la función.
La forma, el plano físico mural.
La suma vacía debe ser mayor
que la suma formal de materia.
Lo desocupado más que la ocupación…
… Malévich…
La materia formal es menor siempre que
el plano físico.
A mayor ocupación formal,
menor resultado activo.

Es una insistencia en la obra de este escultor,
la pesadez de las formas
se oponen a lo liviano, que es lo importante.
Con tizas y con latas viejas,
su laboratorio de de tizas, luces y sombras,
Oteiza desarrolla su teoría de investigación,
su arquitectura del espíritu.

Tenemos miedo a los espacios abiertos
y preferimos encerrar el alma humana
en un txoko, constriñendo así nuestro espíritu,
dejándolo sin alas y sin capacidad de volar.

Un alma sin músculo para engendrar ideas,
como la que se vive en el interior de las ciudades modernas,
abotargadas, obstruidas, repletas de contenidos
y sin aire para respirar, pensar, soñar, compartir…

En mi escultura final no se ve más que vacío:
el espacio ha quedado desocupado y separado del tiempo,
desmontada la expresión; un espacio espiritualmente habitable.

La vida sólo va a ser capaz de resonar
en aquellos lugares en los que hay espacio
para que se produzca el eco, y un eco interior…

Vivimos es espacios que no son habitables,
espacios en los que nuestra alma se ahoga, se asfixia,
padecemos insuficiencia respiratoria del alma.
Necesitamos horizontes todos los días, e utopías,
pero desplazamos estos intereses por otros más cotidianos
que lo que consiguen es un aumento del stress y la cosificación
en nuestras relaciones personales.

Espacio vacío, abierto y al mismo tiempo vigilante…

Porque esa es la naturaleza del espíritu,
el estado de vigilia permanente
para que los malos vientos no  nos descentren de nosotros mismos.

Todos quieren decir algo; por ocupación.
Yo quiero decir NADA, dejar huella,
el vacío, de esto que uno no debe decir.

Siempre pasa algo en la obra de arte.
Yo no quiero que pase nada.
Solamente una desocupación pasa
y algo ha ocupado un sitio vacío
en el que yo mismo he de pasar.

No dejar marca, no dejar huella.
Pasar por la vida comprendiéndolo todo
y sin dañar nada.
Como esos seres que en la India llevan un velo
para no hacer daño a ninguna criatura,
ni siquiera al respirar.
Seres que barren el suelo que pisan
para apartar todo lo vivo de su paso de muerte.

No hay mayor indigencia que la de sentirse
indigno desde la profundidad del ser.

Todos vamos a pasar…
Y en ese ser conscientemente nos jugamos
la felicidad en esta vida.

Llenamos,
cuando estamos llamados al vacío.

Poseemos,
cuando estamos llamados al desprendimiento.

Las formas se niegan a avanzar si el espacio avanza.
Riqueza formal y riqueza espacial,
estéticamente se contradicen,
se hallan en razón inversa.

Especialmente pura, la estatua formalmente
se aproxima a cero.
Con estatua igual a cero, con arte igual a cero,
quiero significar voluntad espacial absoluta.

La luz no avanza si hay obstáculos.
Más bien crea sombras, que son espacios velados de luz.
Es difícil, si no imposible, descubrir y atrapar el alma
dentro de las sombras.

Esto sólo lo enseñan los buenos maestros,
como decía Franco Battiato en su Perspectiva Newski:
Mi maestro me enseñó a descubrir el alba
dentro de las sombras…

El alba es esa capacidad que posee el alma
de renacer en cada instante de la vida.

A las afueras de la iglesia románica de Alzuza,
bajo dos cipreses, están enterrados sencillamente
Itziar y Jorge, unidos por una cruz que el escultor diseño,
una cruz unida en sus brazos,
significando un abrazo a la amada incluso después de la muerte.

Este obrero de Dios, como reza escrito en piedra,
acompaña al paisaje de la tierra que lo acogió,
aunque sus dirigentes políticos se empeñaran en ningunearle,
lo cual no deja de ser un honor, habida cuenta de quiénes se trataba.

Dejando atrás las nieblas rancias,
Oteiza siempre supo bregar a contracorriente,
y es más, se diría que esa precisamente fue la cuerda vital de su vida:
el cuestionamiento a todo lo establecido,
la ruptura con todo poder y toda institución.

Espíritu libre, Jorge Oteiza, nacido en Orio en 1908
y muerto en Donostia en 2003,
supo siempre conquistar los espacios abiertos
y vaciar los espacios llenos
para que de ellos surgiera el aliento de la vida
y la luz interior de cada cosa,
como hizo con su monumental friso de los apóstoles en Arantzazu.

En Arantzazu pretendo servir plásticamente a la reactividad de la fe.
La fe es también creer lo que vemos y que nos parece no entender.
No haré nada que yo no entienda…

El arte nuevo colabora en la sobrenaturalización del hombre,
le obliga a salir de sí mismo, le pone en peligro para que sea él mismo
el que se salve.

En Arantzazu he puesto en la mano de la Virgen el palo de los dantzaris…

Oteiza entendió que la fe es un privilegio del espíritu
y no una suma de normas o principios de obligado cumplimiento.
El único imperativo que se dio a sí mismo fue el servir
a ese Dios de la Vida que residía en el Alma del Pueblo Vasco,
y lo hizo de la manera que mejor sabía,
a través de sus esculturas y de sus palabras hechas piedra, hierro y vacío.

Quitando todo lo que sobra, encontraremos eso que nos falta.

El arte contribuye a probar la fe del hombre,
a denunciar la fe debilitada y convertida en rutina.
A fortalecerla y renovarla.

Dónde ponemos el centro de nuestras vidas… ¿En la rutina?
Si nos buscamos a nosotros mismos
debemos realizar una tarea de renovación constante,
lo cual implica hacerlo todo nuevo a cada instante,
para darle sentido y sentido trascendente.

Esto también tiene sentido como pueblo,
si no conocemos nuestras raíces, o lo que es peor, renegamos de ellas,
entonces nuestra base se tambalea a cada instante,
¿Dónde queda el “sonema” de nuestra lengua -Euskera gure hizkuntza-?
Sonema y no fonema, sí. Ese sonido que es como una siseo,
un susurro de hojarasca que esta siendo pisada y habla.

La piedra es memoria histórica de acontecimientos,
es memoria histórica de pueblo. No es posible el olvido
si de lo que se trata es de ser.

He abierto los poliedros hasta gastar su interior,
hasta transformar sus concavidades planas en cortes lineales,
hasta divisar su luz interior propia…

Cuando Jorge Oteiza habla de que la solución de cada cosa
se halla siempre fuera de sí misma, no se refiere a su falta de luz interior,
sino a su manera de ser mirada desde una objetividad, sin una implicación afectiva, o sea, una mirada libre, no condicionada por nada ni por nadie.

Abrir los poliedros significa rasgar la propia manera de pensar,
romper con el pensamiento dominante, trazar nuevas sendas, nuevos caminos.

Con unas estatuas se alimentaron y defendieron durante cientos de años los pueblos americanos que vivieron en los Andes antes de ser descubiertos por los europeos. Lo que esas estatuas pretendían, lo que toda obra de arte persigue secreta o conscientemente, es eso precisamente: la salvación del hombre, el organizarlo y defenderlo contra la muerte en todos los aspectos en que ella se presenta…

Y estos son los dos caminos de salvación correspondientes: el camino religioso y el camino estético. Son dos formas religiosas, podríamos decir, diferentes, sucesivas, son dos formas estéticas, diferentes, sucesivas…

El alma de nuestro pueblo es un contenedor de silencios,
una escultura de espacios abiertos,
espacios ganados al vacío a la forma impuesta
y a la impostura formalizada.

Sólo la sensibilidad hacia lo nuestro nos salvará del olvido.
He disfrutado una vez más en ese jardín de piedras, tizas, hierros y palabras
en el que pensaba y soñaba con el vacío
nuestro gran poeta y escultor Jorge Oteiza.

                                               Iosu Moracho Cortés
                                               Sarriguren 5 de enero de 2012