domingo, 25 de noviembre de 2012

Evaluación formativa y por competencias (una reflexión desde la poesía y el arte)



Releo una vez más un hermoso libro titulado
El primer maestro.
Se trata de una pequeña historia que relata cosas grandes.
Su autor, Chinguiz Aitmatov nació en una aldea de Kirguizia
allá por 1928. Veterinario, agricultor y literato.
Un mundo duro el que le tocó ver y vivir.

El libro cuenta la historia de una muchacha de una aldea perdida,
quizás la suya, que cuenta con dotes especiales para el dibujo y el saber,
pero que está condenada a una vida mediocre y mezquina
por la pequeñez de miras de sus progenitores.
El primer maestro tomará cartas en el asunto para dar un vuelco
en esa vida.

Chinguiz Aitmatov se pone en el papel del artista
que tiene frente a sí mismo
el boceto de lo que será una obra de arte.
La educación en sí es una obra de arte.
No me gusta hablar de una obra inacabada,-dice,
ni siquiera comentar con las personas más próximas,
por la sencilla razón de que me parece difícil adivinar
cómo será el niño que hoy descansa todavía en su cuna.

Hasta que un joven no toma las riendas de sí mismo
y se convierte en el pintor de su propia vida,
el maestro no puede sino captar resonancias
de ese alma en proceso de aprendizaje.

Juzgar una obra en un esbozo
es un empeño sumamente delicado
cuando no aventurado e irresponsable.

Todo maestro sabe que el descubrimiento de lo esencial
es una tarea que no depende de sí mismo,
sino del propio alumno,
y que dicho afán sucede de repente,
como el amanecer que irrumpe en medio de las sombras
y despliega todo su esplendor
en medio del paroxismo de lo súbito.
Hasta ese momento la tarea es ardua,
sembrar, pulir, desbrozar,
ver crecer y podar.

A veces la obra de arte apunta hacia algo,
pero siempre es más un iceberg
que esconde mucho más de lo que muestra.

En nuestras manos un alumno
es sobre todo un proyecto de sí mismo,
algo que sobrecoge y nos enseña a ser en todo momento
auténticos modelos de esa realidad llena de valores,
en medio de la gran contradicción
que es la vida de cada día.

Muchas son las veces
en que empezamos todo de nuevo:
pintura blanca, goma de borrar o tippex…
Pero, todo lo que cae en el blanco lienzo del alma de un niño
es imborrable. Esa tierra es sagrada.

Crecemos entre recuerdos,
con los recuerdos y a pesar de los recuerdos.
A veces, más nos valiera el olvido,
y sin embargo, un solo maestro puede salvarnos.

Abro la ventana de clase de par en par
y una corriente de aire fresco
penetra en el aula: Silencio, mis alumnos trabajan…

                                                                        Iosu Moracho

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