Visitamos la casa de Jorge Oteiza,
el escultor, el poeta,
el marido de Itziar,
el vaciador de espacios,
el referente del alma vasca hecha piedra.
La casa museo de Oteiza en Alzuza
nos impresiona.
Se trata de unas formas poliédricas
que vistas desde afuera
no parecen albergar el espacio y la luz
que contienen dentro.
No hay curvas,
sólo líneas rectas y aristas por todos los lados.
Espacios inverosímiles
desde ventanas trazadas por la fantasía y la perspectiva.
Aquí se ha hecho también
una “desocupación activa del espacio”
El Atahuts, ese vacío de la puerta,
(Atea – Puerta; Hutsa – Vacío)
es un marco para el contenido,
un vacío para la forma y una forma para el vacío.
El vacío debe ser,
representación de la función.
La forma, el plano físico
mural.
La suma vacía debe ser mayor
que la suma formal de
materia.
Lo desocupado más que la
ocupación…
… Malévich…
La materia formal es menor
siempre que
el plano físico.
A mayor ocupación formal,
menor resultado activo.
Es una insistencia en la obra de este escultor,
la pesadez de las formas
se oponen a lo liviano, que es lo importante.
Con tizas y con latas viejas,
su laboratorio de de tizas, luces y sombras,
Oteiza desarrolla su teoría de investigación,
su arquitectura del espíritu.
Tenemos miedo a los espacios abiertos
y preferimos encerrar el alma humana
en un txoko, constriñendo así nuestro espíritu,
dejándolo sin alas y sin capacidad de volar.
Un alma sin músculo para engendrar ideas,
como la que se vive en el interior de las ciudades modernas,
abotargadas, obstruidas, repletas de contenidos
y sin aire para respirar, pensar, soñar, compartir…
En mi escultura final no se
ve más que vacío:
el espacio ha quedado
desocupado y separado del tiempo,
desmontada la expresión; un
espacio espiritualmente habitable.
La vida sólo va a ser capaz de resonar
en aquellos lugares en los que hay espacio
para que se produzca el eco, y un eco interior…
Vivimos es espacios que no son habitables,
espacios en los que nuestra alma se ahoga, se asfixia,
padecemos insuficiencia respiratoria del alma.
Necesitamos horizontes todos los días, e utopías,
pero desplazamos estos intereses por otros más cotidianos
que lo que consiguen es un aumento del stress y la cosificación
en nuestras relaciones personales.
Espacio vacío, abierto y al
mismo tiempo vigilante…
Porque esa es la naturaleza del espíritu,
el estado de vigilia permanente
para que los malos vientos no
nos descentren de nosotros mismos.
Todos quieren decir algo;
por ocupación.
Yo quiero decir NADA, dejar
huella,
el vacío, de esto que uno no
debe decir.
Siempre pasa algo en la obra
de arte.
Yo no quiero que pase nada.
Solamente una desocupación
pasa
y algo ha ocupado un sitio
vacío
en el que yo mismo he de
pasar.
No dejar marca, no dejar huella.
Pasar por la vida comprendiéndolo todo
y sin dañar nada.
Como esos seres que en la
India llevan un velo
para no hacer daño a ninguna criatura,
ni siquiera al respirar.
Seres que barren el suelo que pisan
para apartar todo lo vivo de su paso de muerte.
No hay mayor indigencia que la de sentirse
indigno desde la profundidad del ser.
Todos vamos a pasar…
Y en ese ser conscientemente nos jugamos
la felicidad en esta vida.
Llenamos,
cuando estamos llamados al vacío.
Poseemos,
cuando estamos llamados al desprendimiento.
Las formas se niegan a
avanzar si el espacio avanza.
Riqueza formal y riqueza
espacial,
estéticamente se
contradicen,
se hallan en razón inversa.
Especialmente pura, la
estatua formalmente
se aproxima a cero.
Con estatua igual a cero,
con arte igual a cero,
quiero significar voluntad
espacial absoluta.
La luz no avanza si hay obstáculos.
Más bien crea sombras, que son espacios velados de luz.
Es difícil, si no imposible, descubrir y atrapar el alma
dentro de las sombras.
Esto sólo lo enseñan los buenos maestros,
como decía Franco Battiato en su Perspectiva
Newski:
Mi maestro me enseñó a
descubrir el alba
dentro de las sombras…
El alba es esa capacidad que posee el alma
de renacer en cada instante de la vida.
A las afueras de la iglesia románica de Alzuza,
bajo dos cipreses, están enterrados sencillamente
Itziar y Jorge, unidos por una cruz que el escultor diseño,
una cruz unida en sus brazos,
significando un abrazo a la amada incluso después de la muerte.
Este obrero de Dios, como
reza escrito en piedra,
acompaña al paisaje de la tierra que lo acogió,
aunque sus dirigentes políticos se empeñaran en ningunearle,
lo cual no deja de ser un honor, habida cuenta de quiénes se trataba.
Dejando atrás las nieblas rancias,
Oteiza siempre supo bregar a contracorriente,
y es más, se diría que esa precisamente fue la cuerda vital de su
vida:
el cuestionamiento a todo lo establecido,
la ruptura con todo poder y toda institución.
Espíritu libre, Jorge Oteiza, nacido en Orio en 1908
y muerto en Donostia en 2003,
supo siempre conquistar los espacios abiertos
y vaciar los espacios llenos
para que de ellos surgiera el aliento de la vida
y la luz interior de cada cosa,
como hizo con su monumental friso de los apóstoles en Arantzazu.
En Arantzazu pretendo servir
plásticamente a la reactividad de la fe.
La fe es también creer lo
que vemos y que nos parece no entender.
No haré nada que yo no
entienda…
El arte nuevo colabora en la
sobrenaturalización del hombre,
le obliga a salir de sí
mismo, le pone en peligro para que sea él mismo
el que se salve.
En Arantzazu he puesto en la
mano de la Virgen
el palo de los dantzaris…
Oteiza entendió que la fe es un privilegio del espíritu
y no una suma de normas o principios de obligado cumplimiento.
El único imperativo que se dio a sí mismo fue el servir
a ese Dios de la Vida
que residía en el Alma del Pueblo Vasco,
y lo hizo de la manera que mejor sabía,
a través de sus esculturas y de sus palabras hechas piedra, hierro y
vacío.
Quitando todo lo que sobra, encontraremos eso que nos falta.
El arte contribuye a probar
la fe del hombre,
a denunciar la fe debilitada
y convertida en rutina.
A fortalecerla y renovarla.
Dónde ponemos el centro de nuestras vidas… ¿En la rutina?
Si nos buscamos a nosotros mismos
debemos realizar una tarea de renovación constante,
lo cual implica hacerlo todo nuevo a cada instante,
para darle sentido y sentido trascendente.
Esto también tiene sentido como pueblo,
si no conocemos nuestras raíces, o lo que es peor, renegamos de ellas,
entonces nuestra base se tambalea a cada instante,
¿Dónde queda el “sonema” de
nuestra lengua -Euskera gure hizkuntza-?
Sonema y no fonema, sí. Ese sonido que es como una siseo,
un susurro de hojarasca que esta siendo pisada y habla.
La piedra es memoria histórica de acontecimientos,
es memoria histórica de pueblo. No es posible el olvido
si de lo que se trata es de ser.
He abierto los poliedros
hasta gastar su interior,
hasta transformar sus
concavidades planas en cortes lineales,
hasta divisar su luz
interior propia…
Cuando Jorge Oteiza habla de que la solución de cada cosa
se halla siempre fuera de sí misma, no se refiere a su falta de luz
interior,
sino a su manera de ser mirada desde una objetividad, sin una
implicación afectiva, o sea, una mirada libre, no condicionada por nada ni por
nadie.
Abrir los poliedros significa rasgar la propia manera de pensar,
romper con el pensamiento dominante, trazar nuevas sendas, nuevos
caminos.
Con
unas estatuas se alimentaron y defendieron durante cientos de años los pueblos
americanos que vivieron en los Andes antes de ser descubiertos por los
europeos. Lo que esas estatuas pretendían, lo que toda obra de arte persigue
secreta o conscientemente, es eso precisamente: la salvación del hombre, el
organizarlo y defenderlo contra la muerte en todos los aspectos en que ella se
presenta…
Y
estos son los dos caminos de salvación correspondientes: el camino religioso y
el camino estético. Son dos formas religiosas, podríamos decir, diferentes,
sucesivas, son dos formas estéticas, diferentes, sucesivas…
El alma de nuestro pueblo es
un contenedor de silencios,
una escultura de espacios
abiertos,
espacios ganados al vacío a
la forma impuesta
y a la impostura
formalizada.
Sólo la sensibilidad hacia
lo nuestro nos salvará del olvido.
He disfrutado una vez más en
ese jardín de piedras, tizas, hierros y palabras
en el que pensaba y soñaba
con el vacío
nuestro gran poeta y
escultor Jorge Oteiza.
Iosu Moracho Cortés
Sarriguren
5 de enero de 2012
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