sábado, 21 de diciembre de 2013

Saludos

Y un saludo cariñoso a los del Hotel Torre de Uriz del Valle de Arce de Nafarroa, que veo que me léis de vez en cuando. Agurrak biotzekin.

La letra pequeña



 
Escrita con patas de abeja, brazos de hormiga
y alas de mariposa, la letra pequeña
guarda el secreto de lo que no vemos cuando miramos,
la magia de lo que no escuchamos cuando oímos.

Pequeña como los brazos del escarabajo
que empuja sus desperdicios por la ladera del terraplén
para desatar un huracán en las remotas tierras de Indonesia.

Pequeña como el matiz que falta en el cuadro de la derecha
para completar las siete diferencias con el de la izquierda.

Pequeña sí, como las patitas del ciempiés,
filigrana de serpentina después de una fiesta,
tan frágil que todo le pasa por encima,
todas las muertes y todas las vidas.

Letra pequeña, libélula que vuela sin ruido,
guedeja de cabello que cuelga sobre el abrigo
y que tanto se parece a ti.

Siempre nos han dicho que hay que tener cuidado con ella,
porque es perversa, malévola,
quizás porque está escrita con la miniatura adecuada
para engañar a la vista,
quizás porque guarda secretos inconfesables,
o quizás como dicen los anglosajones,
porque el demonio está en los detalles:
the devil is in the details
o lo que es lo mismo,
el problema está en la letra pequeña…

Letra pequeña, sí,
la de los desahucios, los contratos bancarios,
los seguros de coche y de vida,
la de las hipotecas,
la de los utensilios que compramos  con alborozo,
la de los teléfonos móviles y las ofertas,
la de las noticias, los telediarios,
el consumo, la publicidad,
los alquileres, los bancos, las tarjetas de crédito,
la de la escuela y la de los libros…

La letra pequeña, muy pequeña
de la vida,
(sin instrucciones de uso),
la que se escribe despacio como el miedo y la envidia,
la que no se guarda en joyeros
como la arena, la tierra, el polvo y los guijarros.

Letra pequeña…

Y sin embargo,
también la letra de los cotidiano, lo pequeño, lo sencillo,
eso que es tan importante que no se escribe en el diario,
la letra de los detalles, las pequeñas palabras que acarician,
los gestos, las miradas,  los silencios cómplices.
Eso que es necesario.

Hoy quiero trabajar con mis alumnos
la letra pequeña de la vida,
esa con la que nos engañan en los documentos de compra-venta,
en los contratos amparados por la ley,
esa que nadie lee.

No sé cómo hacerlo,
quizás me falten ideas y creatividad,
quizás me falte valentía y arrojo.
Quiero sacarlos al patio, a la zona prohibida,
a esa en la que se descubren las cosas que están escondidas
en las horas en las que el sol se guarda en su garganta.
Les llevo al jardín del paraíso,
en torno al cedro que plantaron hace más de sesenta años,
junto a la zona de descanso de las viejitas que ocupan la casa de al lado,
en plena hora de la siesta…

Vamos en silencio, sí,
desde el balcón de la casa de las mayores
una manos anciana nos saluda
con su latido de mano pequeña, letra pequeña,
le alegramos la tarde y sonríe, otra letra pequeña.

La eternidad acaba cuando acaba el lenguaje,
decía Wittgenstein,
el ámbito del lenguaje acaba en el silencio.
Otra letra pequeña…

Estamos sentados en círculo,
mirando hacia el cielo -nada más revolucionario que eso-,
junto al árbol del conocimiento.
Quiero enseñarles a mirar en silencio,
quiero pedirles que observen la letra pequeña del contorno:
las agujas de las hojas,
el tacto rugoso de la corteza del cedro,
las setas que han nacido por encanto entre las raíces,
la luz entre las hojas,
la soledad de la piedra,
la frescura de la hierba,
el universo en acción del hormiguero,
el siseo del viento en un lenguaje antiguo de letras pequeñas,
la música dormida de esta tarde,
la quietud, la calma, el latido de la vida del árbol
y que se agita en su corazón, en medio de su pecho.

Letra pequeña,
tan cercana como los compases del metrónomo,
entre el tic y el tac del reloj de la escuela,
el latido de la respiración desde el balcón de la casa de las mayores
que duermen en sueños de letra pequeña…

Nacer,
es siempre nacer a la luz…

domingo, 22 de septiembre de 2013

Laurel



Lo cuenta David González


en ese libro suyo que es imperante y enaltecedor
desde las vísceras y la ternura:
Anda, hombre, levántate de ti…

Los albañiles,
los levantadores de edificios con cargo a su salud,
los constructores de casas con riesgo laboral,
los edificadores de nuestro bienestar por la gracia de Dios,
hace ya tiempo, unos cuantos años,
tenían la costumbre de colocar
en el punto más alto del edificio en construcción
una ramita de laurel para alejar los peligros de los accidentes:
una bandera vegetal mirando al cielo,
la mano de un dios de la naturaleza como capazo de los rayos
y las caídas desde el andamio.

Hoy esta costumbre se va perdiendo.
Yo recuerdo ramas de laurel en las puertas de los caseríos vascos
junto al eguzkilore y los aldabones de hierro
como cicatrices sobre la madera.
El laurel Laurus nobilis, tiene la nobleza
de acompañar las penurias de los trabajadores,
de condimentar sus comidas,
de laurear a los vencedores
y de esconder a las perseguidas de los dioses
bajo su manto de hojas duras y olorosas,
(Dafne se convirtió en laurel huyendo del deseo de Apolo).

Yo corro a preguntarle a mi vecino, albañil,
ahora en paro en medio de la crisis, pero albañil.
Me dice que recuerda algo, pero que es una costumbre de hace tiempo,
como regalar aguinaldo a los carteros, pienso,
botellas de turrón y champán al guardia urbano,
o un platito con mazapanillos al sereno que guardaba las llaves
de toda la comunidad.

Del laurel, me dice, ya no queda nada.
Yo le digo: Mi abuela lo ponía en la olla
cuando hacía las alubias…
Recuerda César que eres humano,
le repetía el esclavo al dignatario
cuando este entraba triunfante en la ciudad.

Y mientras tanto le sostenía sobre su cabeza una coronita
de laurel…

                                        Iosu Moracho Cortés
                                        Septiembre 2013

miércoles, 22 de mayo de 2013

Salida cultural



Paseamos por Pamplona
con un cuaderno de actividades y un lápiz en la mano,
somos treinta, estamos armados
y debemos estar en grupo y atendiendo.

El profesor hace de pastor: junta el ganado
y va a buscar a las ovejas que se quedan atrás.
La monitora nos habla con conocimiento de causa,
como si hubiera vivido en todas las épocas
en que sucedieron las cosas que nos dice,
como si hubiera estado allí.
A media mañana descubre que el altavoz que lleva en la cintura
estaba desconectado desde el principio,
entonces, sin desanimarse, saca una pastillita de regaliz
y respirando hondo se la toma.

Enseguida nos damos cuenta de que no nos conoce.
No sabe que ese que se mueve todo el rato y hace como que no escucha, escucha en realidad, y sin embargo aquella que parece atender
porque no le quita la vista de encima,
está en las musarañas desde que se ha levantado.
Ignora qué es lo que nosotros queremos saber
y nos cuenta qué es lo que ella quiere que nosotros sepamos:
eso se llama programación.
Cuando pregunta cuándo dejaron de ser efectivas las murallas
J. qué es más listo que el aire le dice que desde que hubo aviones, y acierta,
eso se llama educar por competencias.
Cuándo nos habla de Carlos III el noble,
se olvida de cuál es nuestro concepto de nobleza
qué es ese de que a una compañera no se les escupe aunque antes ella
nos haya echado pipas a la cara.

Además comete errores de niña, pero se los perdonamos:
¡a quién se le ocurre llevarnos por una plaza en la que hay columpios
y pasar de largo! Más vale que el profe está al quite y rejunta a las ovejas.
También se olvida de que Pamplona es un pañuelo
y que fulanita se ha encontrado con su tía y se ha salido del grupo,
junto a todas sus amigas, para ir a darle un beso.
A estas alturas la pobre ya lleva media caja de pastillitas de regaliz…

Las iglesias son aburridas porque no se puede hacer ruido
ni comer chuches dentro (y eso que teníamos que traer bocadillo).
Las maquetas son chulas, pero no se pueden tocar.
Las placas de las paredes son siempre menos interesantes
que esa señora del segundo piso que desde la ventana
nos manda besos para todos (¿ o hace gimnasia…?)

L. y C. preguntan a ver si pueden pedirles a los coches que les piten,
pero el profe, muy cabal, les dice que no tenemos que sentirnos
el ombligo del mundo y bla, bla, bla, bla, bla…
M. y J van por la calle mirando los escaparates y desde hace rato
pasan de la explicación. L. tiene miedo a los perros
y por un rato se olvida de apuntar por dónde vamos.
S. se imagina que es un guardia urbano y se pone a imitar sus movimientos,
hasta que ve a uno que le mira a los ojos y se ríe.

Llevamos siete mendigos en el recorrido, bueno seis,
porque uno se ha cambiado de sitio y lo hemos visto dos veces.

¡Qué cantidad de cosas hemos aprendido de Pamplona!
¡La de calles que hemos cruzado para volver
hasta el mismo punto del que partimos! (¿Para qué hemos dado
toda la vuelta?).
¡Qué nervioso se ha puesto el profesor cuando a L. y a M.
se les ha salido el zapato en medio de la Avenida!

¡Jo, ha sido estupendo! Hemos perdido dos bolis y un estuche,
un cuaderno de trabajo se ha caído a un charco por la página siete
y una señora gorda y pintarrajeada se he metido justo en el baño
en que A. y I. iban a entrar.

¡Ah sí! Pamplona tenía tres Burgos,
un obispo al que le cortaron la garganta y le pusieron un pañuelo rojo
y otro que murió en un pueblo de Francia empitonado por un toro.
Y todo esto lo escribió un tal Hemingway
cuando se lo contó la monitora
una vez que lo vio  buscando una perla en las fiestas de San Fermín…

                                        Iosu Moracho Cortés
                                        Pamplona 8 de mayo de 2013
                                        (Yo estuve allí, lo juro)

domingo, 25 de noviembre de 2012

De la mano



En esta vida
todo lo aprendemos
de la mano de alguien.

De la mano de nuestros padres
aprendemos a ponernos en pie,
a caminar erguidos, a abotonarnos a la vida
y a valernos por nosotros mismos.

De la mano de nuestros hermanos
aprendemos a compartir, a ceder,
a proteger y a cuidar
y a crecer para dar ejemplo.

De la mano de nuestros maestros
aprendemos a pensar, a razonar,
a explorar el mundo que nos acoge
y el universo que nos rodea y nos comprende.

De la mano de nuestros amigos
aprendemos a disfrutar, a perder para ganar,
a dar sin esperar nada a cambio
y a descubrir la vida.

De la mano de la persona que amamos
aprendemos a sentir, a salir de nosotros mismos, a encontrarnos con el otro,
a hacernos preguntas que no tienen respuesta, o que no esperan respuesta,
y a comprometernos con el amor, el dolor y la esperanza.

De la mano de nuestros hijos
aprendemos a llevar de la mano
a quien no puede caminar solo,
aprendemos la paciencia, la gratuidad
y que el tiempo que tenemos no nos pertenece.

De la mano de nuestros nietos
aprendemos a recuperar el niño que fuimos,
y a recordar el camino de vuelta a casa.

De la mano de nuestra enfermedad
aprendemos a ser humildes,
a aceptar la ayuda de los otros
y a formar parte de un todo llamado humanidad.

Y cuando acaba nuestra vida
aprendemos a agradecer todas esas manos
que siempre nos han llevado,
y a darnos cuenta de que todas las manos
eran la misma mano desde el principio,
y que no ha habido más que una sola mano en nuestra vida,
la del Dios de la Vida,
que siempre ha estado junto a nosotros
caminando a nuestro lado,
de la mano.

                                                                Iosu Moracho

Evaluación formativa y por competencias (una reflexión desde la poesía y el arte)



Releo una vez más un hermoso libro titulado
El primer maestro.
Se trata de una pequeña historia que relata cosas grandes.
Su autor, Chinguiz Aitmatov nació en una aldea de Kirguizia
allá por 1928. Veterinario, agricultor y literato.
Un mundo duro el que le tocó ver y vivir.

El libro cuenta la historia de una muchacha de una aldea perdida,
quizás la suya, que cuenta con dotes especiales para el dibujo y el saber,
pero que está condenada a una vida mediocre y mezquina
por la pequeñez de miras de sus progenitores.
El primer maestro tomará cartas en el asunto para dar un vuelco
en esa vida.

Chinguiz Aitmatov se pone en el papel del artista
que tiene frente a sí mismo
el boceto de lo que será una obra de arte.
La educación en sí es una obra de arte.
No me gusta hablar de una obra inacabada,-dice,
ni siquiera comentar con las personas más próximas,
por la sencilla razón de que me parece difícil adivinar
cómo será el niño que hoy descansa todavía en su cuna.

Hasta que un joven no toma las riendas de sí mismo
y se convierte en el pintor de su propia vida,
el maestro no puede sino captar resonancias
de ese alma en proceso de aprendizaje.

Juzgar una obra en un esbozo
es un empeño sumamente delicado
cuando no aventurado e irresponsable.

Todo maestro sabe que el descubrimiento de lo esencial
es una tarea que no depende de sí mismo,
sino del propio alumno,
y que dicho afán sucede de repente,
como el amanecer que irrumpe en medio de las sombras
y despliega todo su esplendor
en medio del paroxismo de lo súbito.
Hasta ese momento la tarea es ardua,
sembrar, pulir, desbrozar,
ver crecer y podar.

A veces la obra de arte apunta hacia algo,
pero siempre es más un iceberg
que esconde mucho más de lo que muestra.

En nuestras manos un alumno
es sobre todo un proyecto de sí mismo,
algo que sobrecoge y nos enseña a ser en todo momento
auténticos modelos de esa realidad llena de valores,
en medio de la gran contradicción
que es la vida de cada día.

Muchas son las veces
en que empezamos todo de nuevo:
pintura blanca, goma de borrar o tippex…
Pero, todo lo que cae en el blanco lienzo del alma de un niño
es imborrable. Esa tierra es sagrada.

Crecemos entre recuerdos,
con los recuerdos y a pesar de los recuerdos.
A veces, más nos valiera el olvido,
y sin embargo, un solo maestro puede salvarnos.

Abro la ventana de clase de par en par
y una corriente de aire fresco
penetra en el aula: Silencio, mis alumnos trabajan…

                                                                        Iosu Moracho

domingo, 26 de agosto de 2012

El año en que fuimos a la Luna



Ayer murió Neil Armstrong, el primer ser humano que pisó la Luna. Sucedió el 20 de julio de 1969. Aquel día yo tenía casi 6 años y esas Navidades el juguete que todos pedimos a los reyes fue un Módulo Lunar. Una especie de plataforma con una cañita imantada, con la que hábilmente debíamos incorporar a un pequeño astronauta en la nave espacial, mientras esta giraba a velocidad infantil.

A mí lo que más me gustaba era la caja, con las fotografías del espacio que eran iguales a los cromos que por aquel entonces había de un álbum titulado Ciencia de la Naturaleza. El álbum lo tuve, pero a mí, ese año los reyes me regalaron un coche rojo de carreras que no ganó nunca ninguna. Por lo que a partir de ese momento me hice republicano.

Era la época de los chicles de regaliz, de color negro, que tenían cromitos de plástico con fotos de los planetas y de las naves espaciales. En la escuela jugábamos con las filminas que regalaban en los conguitos también con motivos espaciales. Nos pegábamos por los pequeños proyectores de bombilla que eran como esas teles con botón que hoy venden en los kioskos de todas las ciudades de veraneo con las imágenes de sus monumentos.

Armstrong fue un héroe toda su vida. Dicen que s su pesar. Sus palabras, aquellas de que esto es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad, aparecieron en todos los diarios de la época, en nuestros libros de texto, en los nodos del régimen franquista, y se quedaron grabadas en nuestro subconsciente. Cada paso que dábamos era un  gran salto para la humanidad.

En los libros de personalización y en los que posteriormente se editarían bajo el signo de la renovación tras el Concilio Vaticano II, que tanto rechazaron los integristas, y aun en los ensayos políticos y sociales de análisis de coyuntura, se recogían estas frases suyas y de los astronautas de la época, para invitar a crecer y a comprometerse a los adolescentes. Aquella de que la Tierra era tan pequeña que se podía tapar con un pulgar. Esa otra que afirmaba que desde ahí arriba no se veían las fronteras y el mundo era uno, como en la canción de Lennon. Imagínate…

Y nosotros nos imaginábamos, sí. Por ejemplo, cómo sería la vida sin el dictador y sin la dictadura. Nosotros, que estábamos hasta el gorro de tanto dictado y de tanta copia como castigo, por aquella pedagogía de muerte que afirmaba que la letra con sangre entraba, y ya teníamos bastante sangre en las manos.

Armstrong, Collins y Aldrin, y también Gagarin y la perra Laika, eran los héroes en quien muchos nos mirábamos, cuando llevábamos la vista al cielo. Aquí en la tierra, el Ché Guevara  y Martín Luther King se llevaban casi todos los planos. ¡Cuántas mascotas no se llamaron Laika en aquella época! La mía, se llama Luna y no es por casualidad. Cuando hoy la miro caminar a mi lado, me acuerdo de Armstrong después de dejar su huella, dando saltitos sobre la superficie lunar en esa gravedad cero en la que todo parecía flotar y hasta los problemas cotidianos quedaban suspendidos. El vacío interestelar en el que todo iba lento, muy lento. Porque si algo fue la luna para todos nosotros fue un detenerse y mirar, una contemplación. El elogio de la lentitud. La pedagogía del silencio. La unidad del planeta y el inicio de todas las revoluciones que pretendieron en aquella época cambiar algo.

Todos dimos ese paso, ese gran salto con Neil Armstrong. Ese que nos alejaba de la infancia y nos impelía a cometer el atroz delito de tomarnos la vida en serio.

Hoy, cuando miro para atrás y me veo en medio del aula de mi vieja escuela, recuerdo los rostros de los compañeros que ya no están, pero que me enseñaron muchas cosas, a veces con dolor y con sangre. Me imagino que yo también les habré enseñado algunas cosas a ellos.

La Luna tiene algo de nostalgia, de memoria y de olvido, algo de melancolía que a veces endulza el alma y a veces la enferma. Vamos caminado estos días lentamente hacia la Luna Llena. Y el caso es que definitivamente, nosotros crecimos. Sí, crecimos y nos comprometimos con la vida y Armstrong tuvo algo que ver con todo ello. Así, que donde quiera que ahora esté el viejo astronauta, esta sonrisa y la próxima Luna, van por ti. ¡Salud a tod@s, compañer@s!

                                                                  Iosu Moracho Cortés
                                                                  mendi16@terra.es