Ha muerto Don Samuel Ruiz García, obispo emérito de San Cristóbal de las Casas (México). “Tatic” Samuel, padre obispo, hermano del indio.
Hombre comprometido con el Dios de los pobres, con el Evangelio de la liberación. ¿Acaso hay otro? Luchador por los derechos humanos; mediador del proceso de paz cuando el levantamiento zapatista; artífice de los acuerdos de San Andrés; impulsor de la solidaridad con los refugiados guatemaltecos en Chiapas; profeta de la teología de la liberación; hombre bueno…
El mundo pierde una de sus palabras más proféticas y comprometidas. La iglesia pierde a un hermano del Jesús de los empobrecidos. Figura de orden moral, luchador por la justicia, creador de una escuela de responsabilidad y compromiso ético en México y en toda América Latina.
Hemos perdido a uno de los grandes, un hombre que supo estar al lado del débil toda su vida, aun a costa de los vilipendios y los rechazos a su gestión por parte de la iglesia más reaccionaria. Samuel Ruiz fue evangelizado por los indígenas chiapanecos y luego él mismo supo evangelizar a todo el que trabajó con él. Incluso al bueno y también grande, Raúl Vera, que fue a quien el Vaticano colocó al lado de “Tatic” para tutelar su trabajo. Pero don Samuel tocó el corazón de Raúl y lo ganó para la causa del Dios de la Vida. Por Pamplona pasaron los dos y nos contaron. Samuel en Agosto de 1993. Entonces nos advirtió: “Estén atentos a Chiapas” y el 1 de enero de 1994 los zapatistas se levantaban en estado más pobre de todo México. Luego vendría Raúl, con él cenamos en la Servicial, al lado de la Plaza de la Cruz. Contaba y hasta las personas que había en otras mesas hacían silencio para oír su historia de conversión y compromiso. ¡Qué grandes!
Hemos perdido a “Tatic”, el caminante. Se ha ido en silencio, callandito, como él era, un 24 de enero, 7 Imix, 14 Muan en el calendario maya, el día del mono entonado azul…
Su lema episcopal, ese que un obispo se impone a sí mismo como bandera de su trabajo apostólico fue “Edificar y Plantar” el reino de justicia, de amor y de paz. La milpa está verdita por los caminos de Chiapas, los hijos del maíz hacen sonar pum y queman las panochas de los elotes en la iglesia de San Cristóbal de las Casas. “Tatic” vuelve a la tierra a la que siempre sirvió…
Iosu Moracho
En nombre del Comité cristiano de Solidaridad
con América Latina de Navarra
miércoles, 26 de enero de 2011
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Crisis
Vivimos en tiempos de crisis. Una crisis estructural que ha asentado sus cimientos en estructuras injustas que generan desigualdad e injusticia. Pero también una crisis espiritual, una crisis de valores que nos toca desde dentro y nos descoloca en medio de este mundo complejo y cruel.
Como un edificio que se asienta después de un temblor, procuramos asentarnos cuando las consecuencias de la crisis nos mueven o nos tocan. Crisis que por otra parte y cerca nuestra, ha generado situaciones críticas en gentes que conocemos, que se suben al autobús a diario con nosotros, que compran el pan y la prensa en nuestra misma panadería, que suben y bajan junto a nosotros en el mismo ascensor. Desempleo, explotación, exclusión, perdida de poder adquisitivo, depresión, sensación de no valer personalmente, exilio interior...
La crisis nos empuja a ser conscientes de lo que poseemos y a la vez nos llama a ser generosos desde el corazón y no desde las migajas.
Son tiempos de resistencia. Tiempos que nos dejan a la sombra porque hay otras luces que brillan más que nuestros sueños. Luces que nos ciegan y nos desamparan.
Creo que debemos aprovechar las rendijas que se abren en esta crisis, rendijas por las que penetra la luz de la vida, para sacarle partido y darle la vuelta desde nuestros valores.
Porque esta crisis nos quiere arrebatar los valores, dejándonos desnudos en un sálvese quien pueda individualista y egoísta, cuando el verdadero sentido del ser humano es su entrega a la comunidad.
Que no nos quiten el silencio ni el grito, como dice Sabato. El silencio nos hace crecer hacia adentro, nos llama al crecimiento interior, hoy tan necesario. El grito nos empuja hacia afuera, hacia la solidaridad con ese otro que sufre y siente dolor.
Que la crisis no tapone nuestros oídos, para que sepamos escuchar el clamor de los demás. Que la crisis no cierre nuestros ojos. Trabajemos por conseguir una mirada diferente, una mirada que parta desde el corazón y que haga pasar todo a través suya. Que la crisis nos mueva al encuentro, a la solidaridad, a la denuncia y al compromiso.
(Texto trabajado y reflexionado en la celebración de los inocentes del 28 de diciembre de 2010 por el comité cristiano de solidaridad con América Latina de Navarra y el comité de solidaridad con África Negra) Iosu Moracho
Como un edificio que se asienta después de un temblor, procuramos asentarnos cuando las consecuencias de la crisis nos mueven o nos tocan. Crisis que por otra parte y cerca nuestra, ha generado situaciones críticas en gentes que conocemos, que se suben al autobús a diario con nosotros, que compran el pan y la prensa en nuestra misma panadería, que suben y bajan junto a nosotros en el mismo ascensor. Desempleo, explotación, exclusión, perdida de poder adquisitivo, depresión, sensación de no valer personalmente, exilio interior...
La crisis nos empuja a ser conscientes de lo que poseemos y a la vez nos llama a ser generosos desde el corazón y no desde las migajas.
Son tiempos de resistencia. Tiempos que nos dejan a la sombra porque hay otras luces que brillan más que nuestros sueños. Luces que nos ciegan y nos desamparan.
Creo que debemos aprovechar las rendijas que se abren en esta crisis, rendijas por las que penetra la luz de la vida, para sacarle partido y darle la vuelta desde nuestros valores.
Porque esta crisis nos quiere arrebatar los valores, dejándonos desnudos en un sálvese quien pueda individualista y egoísta, cuando el verdadero sentido del ser humano es su entrega a la comunidad.
Que no nos quiten el silencio ni el grito, como dice Sabato. El silencio nos hace crecer hacia adentro, nos llama al crecimiento interior, hoy tan necesario. El grito nos empuja hacia afuera, hacia la solidaridad con ese otro que sufre y siente dolor.
Que la crisis no tapone nuestros oídos, para que sepamos escuchar el clamor de los demás. Que la crisis no cierre nuestros ojos. Trabajemos por conseguir una mirada diferente, una mirada que parta desde el corazón y que haga pasar todo a través suya. Que la crisis nos mueva al encuentro, a la solidaridad, a la denuncia y al compromiso.
(Texto trabajado y reflexionado en la celebración de los inocentes del 28 de diciembre de 2010 por el comité cristiano de solidaridad con América Latina de Navarra y el comité de solidaridad con África Negra) Iosu Moracho
jueves, 23 de diciembre de 2010
Llenar un cántaro, encender un fuego
Siempre he creído que la educación era eso que decía William Butler Yeats:
“La educación no consiste
en llenar un cántaro
sino en encender un fuego”
Tristemente, en demasiadas ocasiones, hemos pasado nuestra vida creyendo que la calidad de una buena educación se conseguía con un buen caudal de conocimientos. Llenar la cabeza en lugar de formar la cabeza. Trabajar la memoria en vez del corazón y el espíritu. Grave error.
Cuántas vidas hemos truncado como educadores haciendo eso y sólo eso. Cuántas veces nos hemos tenido que aprender los mismos contenidos un año tras otro, con distintos matices, pero con el mismo engrudo. Cuántas veces hemos llegado a odiar asignaturas hermosas porque no hemos aprendido que lo importante, lo verdaderamente importante en esas edades menudas, no era el contenido en sí, sino las posibilidades que nos daba la materia de formar nuestro pensamiento.
Siempre me han importado un pepino la lista de los reyes Godos, la escala de dureza de los minerales de Mohs, las preposiciones de la lengua castellana o los afluentes del río Tajo por su derecha y por su izquierda.
El conocimiento no sirve de nada si no puedo dar razón de él, si no trabajo la opinión crítica, si no desarrollo estrategias para relacionarlo con otros conocimientos, si no tengo competencias en mi desarrollo educativo para hacerlo mío, de manera que se convierta en un aprendizaje vital.
Llenar cántaros nos lleva a veces a derramar el agua. Y cuando el agua se sobra del caldero, apaga el fuego que llevamos dentro…
Tenemos que preparar a nuestros hijos e hijas para la vida, no para que aprueben una asignatura. Tenemos que formar espíritus libres, no mentes agarrotadas que repitan los conceptos como loritos.
Por supuesto que tenemos que aprovechar los contenidos como caudal, pero el río que los lleve ha de tener riberas anchas y hermosos puentes desde donde podamos verlo pasar y crecer. Nada hay más hermoso e impresionante que un río crecido, pero nada más peligroso y descontrolado…
El fuego sin embargo, nace con nosotros, nos alienta desde nuestro primer hálito y ha de cuidarse y alimentarse rama a rama sabiendo en qué lugar de la hoguera debemos colocar el siguiente tronco para que las llamas suban hacia arriba y no se nos vengan las chispas hacia la cara, o hacia las ropas…
El fuego es eso que nos reúne como especie, la humanidad nació en torno a una hoguera. La educación de nuestros hijos e hijas se confió siempre a personas que tenían el criterio necesario como para aprender de la experiencia, de los errores pasados. Gentes que tenían la lucidez necesaria de transmitir a los más jóvenes aquello que era imprescindible para su supervivencia.
A veces hace falta arrojo en nuestro mundo para saber poner los diques necesarios a un río que se desborda. Los sistemas educativos han sido muchas veces ese río. Y sin embargo, el río de la vida lleva sus aguas siempre de un modo más sereno y por cauces menos intempestuosos.
Como maestros y maestras, como educadores que somos, tenemos la responsabilidad de formar los fuegos presentes para poder contemplar algún día la hoguera del mañana. Brizna a brizna, rama a rama. Removiendo las brasas cada madrugada, atizando el fuego para que prenda con todos sus colores.
Para eso necesitamos la confianza de mucha gente. Los propios educandos, los padres, los otros maestros que se resisten a cambiar de criterios, el ministerio de educación, los inspectores y la sociedad misma, tan llena de trampas y zancadillas para con nuestros pequeños y pequeñas.
La educación será un alumbramiento, o no será. La educación será un nacimiento día a día, o no será. Somos parteras del alma, comadronas de los sueños de nuestros hijos e hijas. Si no sabemos prender el fuego de sus espíritus, el río que los lleva nos arrollará y les arrollará.
(Escrito el día 23 de diciembre de 2010)
“La educación no consiste
en llenar un cántaro
sino en encender un fuego”
Tristemente, en demasiadas ocasiones, hemos pasado nuestra vida creyendo que la calidad de una buena educación se conseguía con un buen caudal de conocimientos. Llenar la cabeza en lugar de formar la cabeza. Trabajar la memoria en vez del corazón y el espíritu. Grave error.
Cuántas vidas hemos truncado como educadores haciendo eso y sólo eso. Cuántas veces nos hemos tenido que aprender los mismos contenidos un año tras otro, con distintos matices, pero con el mismo engrudo. Cuántas veces hemos llegado a odiar asignaturas hermosas porque no hemos aprendido que lo importante, lo verdaderamente importante en esas edades menudas, no era el contenido en sí, sino las posibilidades que nos daba la materia de formar nuestro pensamiento.
Siempre me han importado un pepino la lista de los reyes Godos, la escala de dureza de los minerales de Mohs, las preposiciones de la lengua castellana o los afluentes del río Tajo por su derecha y por su izquierda.
El conocimiento no sirve de nada si no puedo dar razón de él, si no trabajo la opinión crítica, si no desarrollo estrategias para relacionarlo con otros conocimientos, si no tengo competencias en mi desarrollo educativo para hacerlo mío, de manera que se convierta en un aprendizaje vital.
Llenar cántaros nos lleva a veces a derramar el agua. Y cuando el agua se sobra del caldero, apaga el fuego que llevamos dentro…
Tenemos que preparar a nuestros hijos e hijas para la vida, no para que aprueben una asignatura. Tenemos que formar espíritus libres, no mentes agarrotadas que repitan los conceptos como loritos.
Por supuesto que tenemos que aprovechar los contenidos como caudal, pero el río que los lleve ha de tener riberas anchas y hermosos puentes desde donde podamos verlo pasar y crecer. Nada hay más hermoso e impresionante que un río crecido, pero nada más peligroso y descontrolado…
El fuego sin embargo, nace con nosotros, nos alienta desde nuestro primer hálito y ha de cuidarse y alimentarse rama a rama sabiendo en qué lugar de la hoguera debemos colocar el siguiente tronco para que las llamas suban hacia arriba y no se nos vengan las chispas hacia la cara, o hacia las ropas…
El fuego es eso que nos reúne como especie, la humanidad nació en torno a una hoguera. La educación de nuestros hijos e hijas se confió siempre a personas que tenían el criterio necesario como para aprender de la experiencia, de los errores pasados. Gentes que tenían la lucidez necesaria de transmitir a los más jóvenes aquello que era imprescindible para su supervivencia.
A veces hace falta arrojo en nuestro mundo para saber poner los diques necesarios a un río que se desborda. Los sistemas educativos han sido muchas veces ese río. Y sin embargo, el río de la vida lleva sus aguas siempre de un modo más sereno y por cauces menos intempestuosos.
Como maestros y maestras, como educadores que somos, tenemos la responsabilidad de formar los fuegos presentes para poder contemplar algún día la hoguera del mañana. Brizna a brizna, rama a rama. Removiendo las brasas cada madrugada, atizando el fuego para que prenda con todos sus colores.
Para eso necesitamos la confianza de mucha gente. Los propios educandos, los padres, los otros maestros que se resisten a cambiar de criterios, el ministerio de educación, los inspectores y la sociedad misma, tan llena de trampas y zancadillas para con nuestros pequeños y pequeñas.
La educación será un alumbramiento, o no será. La educación será un nacimiento día a día, o no será. Somos parteras del alma, comadronas de los sueños de nuestros hijos e hijas. Si no sabemos prender el fuego de sus espíritus, el río que los lleva nos arrollará y les arrollará.
(Escrito el día 23 de diciembre de 2010)
sábado, 18 de diciembre de 2010
El sentido de la vida
Siempre quise creer que fue Kavafis
el que mejor expresó, de un modo poético,
eso que llamamos El sentido de la vida”.
“Si vas a emprender el viaje a Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento…”
Por aquello de que lo importante es echarse a la mar,
viajar, surcar las aguas de todos los mares
y escribir el nombre en la arena de muchas playas.
¡Qué hermosa vanidad!
La Vida…
La vida a veces, es eso que te atrapa en un instante
y te devora por dentro,
otras veces, eso que te rodea y te ronda como un barco a un esquife
y otras más, eso que se aleja como el horizonte
para que podamos seguir caminando,
construyendo,edificando ideas,
o sencillamente, soñando esa utopía
que se enmascara con el nombre de Verdad.
Pero, ¿de qué nos sirve esa verdad?,
¿acaso es más verdad la tuya que la mía?
¿acaso es más verdad la de Descartes
o la del joven Pascal?
¿es posible que todos, lleguemos algún día,
a esa misma verdad?
Al atardecer,
la mirada se pierde en el abismo del Universo
y en ese abismo encuentra al Vértigo.
Por todas partes no veo más que oscuridad…
¿Será esto, ver una luz en medio de la noche?
¿Es acaso todavía posible
el amanecer?
Vivir… Viajar…
Que la vida sea el primero
y el último viaje.
Que los ojos se nos llenen de belleza
y que mañana no llegue nunca,
pero que siga siendo
mañana…
Somos una sombra atada a un rincón del universo,
tenemos por delante el empeño
de disipar la tiniebla más espesa,
no nos basta creer,
queremos saber
y si alguien en su vida, encuentra
un pedazo de verdad
tiene la obligación moral con toda la humanidad
de mostrarla,
comunicarla,
compartirla…
“Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas…”
Ítaca, Ítaca…
A mi pensamiento le gusta viajar a Ítaca,
pero Dios quiera que nunca llegue vivo
a pisar las finas arenas de sus playas…
Mirada, abismo y vértigo,
aquello que se encuentra en el camino
es menos importante que el propio acto de descubrir…
Descubrir sí. Eso que permanece oculto
a los sentidos
y que de repente despierta nuestro asombro.
Eso que nos arrebata todas las máscaras
y nos vuelve vulnerables
porque nos rescata de la nada,
nos saca del vacío
y nos hace visibles, permeables,
sujetos de la admiración,
el encantamiento
y la zozobra…
Así somos y así estamos:
Desnudos ante la Verdad.
Es entonces cuando podemos entender
que la miseria es la condición
del ser humano
y que liberarnos de la miseria
nos convierte en dioses.
Dios.
Esa es la pregunta
desde el corazón de la miseria.
Esa es la pregunta de la Compasión
y la pregunta de la Misericordia.
¡Es tan duro el recuerdo
de ver llorar a un hombre!
¡Es tan duro sentir
que hay gentes que existiendo,
permanecen invisibles!
¿Qué decisión tomar
cuando las lágrimas ahogan
al corazón?
Dios.
¿Acaso somos un juguete en sus manos?
Y si es así, ¿somos libres?
¿Qué es entonces la libertad
frente a Dios?
Cada uno vemos a Dios
con diferentes ojos…
No es lo mismo pensarlo
que sentirlo.
No es igual deducirlo como un principio matemático
que verlo
y disipar la tiniebla.
Las matemáticas son fuente de certeza
pero Dios no se escribe con números.
Enigma
Ecuación
Incognita…
Por todas partes no veo más que oscuridad…
Será que la teología no puede, ni debe, responder a todo.
Además no todos los días soy igual de valiente…
Quizás sea ese el problema de Dios,
o quizás sea el hombre
el problema de Dios.
Siempre es necesario ver las cosas
desde más de un punto de vista.
Kavafis se llenaba los ojos de belleza
para poder entender la miseria del hombre.
Y al final del camino…. Ítaca, pero
¿quién quiere llegar al final del camino?
Saber que hemos de morir
no ha de impedirnos vivir…
(Este texto está escrito después de haber visto la obra de teatro: El encuentro de Descartes y el joven Pascal. Los destacados en negrita son diálogos tomados de la obra, salvo los dos que corresponden a poemas de Kavafis)
Iosu Moracho
Pamplona – Iruña 24 de marzo de 2009
día de San Romero de América, voz de los sin voz.
el que mejor expresó, de un modo poético,
eso que llamamos El sentido de la vida”.
“Si vas a emprender el viaje a Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento…”
Por aquello de que lo importante es echarse a la mar,
viajar, surcar las aguas de todos los mares
y escribir el nombre en la arena de muchas playas.
¡Qué hermosa vanidad!
La Vida…
La vida a veces, es eso que te atrapa en un instante
y te devora por dentro,
otras veces, eso que te rodea y te ronda como un barco a un esquife
y otras más, eso que se aleja como el horizonte
para que podamos seguir caminando,
construyendo,edificando ideas,
o sencillamente, soñando esa utopía
que se enmascara con el nombre de Verdad.
Pero, ¿de qué nos sirve esa verdad?,
¿acaso es más verdad la tuya que la mía?
¿acaso es más verdad la de Descartes
o la del joven Pascal?
¿es posible que todos, lleguemos algún día,
a esa misma verdad?
Al atardecer,
la mirada se pierde en el abismo del Universo
y en ese abismo encuentra al Vértigo.
Por todas partes no veo más que oscuridad…
¿Será esto, ver una luz en medio de la noche?
¿Es acaso todavía posible
el amanecer?
Vivir… Viajar…
Que la vida sea el primero
y el último viaje.
Que los ojos se nos llenen de belleza
y que mañana no llegue nunca,
pero que siga siendo
mañana…
Somos una sombra atada a un rincón del universo,
tenemos por delante el empeño
de disipar la tiniebla más espesa,
no nos basta creer,
queremos saber
y si alguien en su vida, encuentra
un pedazo de verdad
tiene la obligación moral con toda la humanidad
de mostrarla,
comunicarla,
compartirla…
“Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas…”
Ítaca, Ítaca…
A mi pensamiento le gusta viajar a Ítaca,
pero Dios quiera que nunca llegue vivo
a pisar las finas arenas de sus playas…
Mirada, abismo y vértigo,
aquello que se encuentra en el camino
es menos importante que el propio acto de descubrir…
Descubrir sí. Eso que permanece oculto
a los sentidos
y que de repente despierta nuestro asombro.
Eso que nos arrebata todas las máscaras
y nos vuelve vulnerables
porque nos rescata de la nada,
nos saca del vacío
y nos hace visibles, permeables,
sujetos de la admiración,
el encantamiento
y la zozobra…
Así somos y así estamos:
Desnudos ante la Verdad.
Es entonces cuando podemos entender
que la miseria es la condición
del ser humano
y que liberarnos de la miseria
nos convierte en dioses.
Dios.
Esa es la pregunta
desde el corazón de la miseria.
Esa es la pregunta de la Compasión
y la pregunta de la Misericordia.
¡Es tan duro el recuerdo
de ver llorar a un hombre!
¡Es tan duro sentir
que hay gentes que existiendo,
permanecen invisibles!
¿Qué decisión tomar
cuando las lágrimas ahogan
al corazón?
Dios.
¿Acaso somos un juguete en sus manos?
Y si es así, ¿somos libres?
¿Qué es entonces la libertad
frente a Dios?
Cada uno vemos a Dios
con diferentes ojos…
No es lo mismo pensarlo
que sentirlo.
No es igual deducirlo como un principio matemático
que verlo
y disipar la tiniebla.
Las matemáticas son fuente de certeza
pero Dios no se escribe con números.
Enigma
Ecuación
Incognita…
Por todas partes no veo más que oscuridad…
Será que la teología no puede, ni debe, responder a todo.
Además no todos los días soy igual de valiente…
Quizás sea ese el problema de Dios,
o quizás sea el hombre
el problema de Dios.
Siempre es necesario ver las cosas
desde más de un punto de vista.
Kavafis se llenaba los ojos de belleza
para poder entender la miseria del hombre.
Y al final del camino…. Ítaca, pero
¿quién quiere llegar al final del camino?
Saber que hemos de morir
no ha de impedirnos vivir…
(Este texto está escrito después de haber visto la obra de teatro: El encuentro de Descartes y el joven Pascal. Los destacados en negrita son diálogos tomados de la obra, salvo los dos que corresponden a poemas de Kavafis)
Iosu Moracho
Pamplona – Iruña 24 de marzo de 2009
día de San Romero de América, voz de los sin voz.
Paris: las hogueras en la noche
Seguro que hoy estarás leyendo el periódico,
preocupado por el mundo que conociste
que se escurre por el hueco de la cisterna del water.
Mira, dirás: Hay disturbios en París,
la ciudad que conocimos cuando éramos estudiantes.
Sí, te diré, hay disturbios en París,
los pobres queman los coches
para hacer menos oscura la noche de su miseria.
No les digas que al final siempre amanece,
díselo con un puesto de trabajo,
con un futuro al alcance de las manos,
díselo con una ayuda económica
para la educación de sus hijos,
una igualdad de oportunidades
en el mercado de la vida,
díselo con una salud digna,
una vivienda aceptable sin peligro de incendios,
créeme, ellos lo entenderán.
Dales un lugar a tu lado,
dales los mismos papeles de residencia que tienes tú,
que tus hijos jueguen con sus hijos,
que visiten contigo el mismo centro comercial,
dales coche nuevo cada tres o cuatro años,
televisión de plasma, vídeo, ordenador,
dales un lugar salubre con jardín
y con vistas al sol de cada tarde
que les quiten sus ganas de suicidarse
o de probar el mundo de los estupefacientes.
Créeme, algunos te preguntarán
si existe todo eso,
otros dirán que porqué no lo han tenido antes
y otros te exigirán que se lo des ya,
en nombre de tu Dios y del suyo
en nombre de todas tus buenas intenciones
en nombre de las gárgaras que haces
cuando dices Justicia y Democracia.
Si no lo haces, ya sabes,
ellos continuarán encendiendo hogueras por la noche,
quemando coches, tal vez el tuyo,
quemando escuelas, fábricas, iglesias, paraninfos...
¡Es tan terrible no tener luz...!
¡Es tan dura la oscuridad...!
¡La vida de ellos y de sus familias
bien vale un incendio, de tu conciencia!.
Publiqué este artículo con ocasión de los acontecimientos que se relatan en él.
preocupado por el mundo que conociste
que se escurre por el hueco de la cisterna del water.
Mira, dirás: Hay disturbios en París,
la ciudad que conocimos cuando éramos estudiantes.
Sí, te diré, hay disturbios en París,
los pobres queman los coches
para hacer menos oscura la noche de su miseria.
No les digas que al final siempre amanece,
díselo con un puesto de trabajo,
con un futuro al alcance de las manos,
díselo con una ayuda económica
para la educación de sus hijos,
una igualdad de oportunidades
en el mercado de la vida,
díselo con una salud digna,
una vivienda aceptable sin peligro de incendios,
créeme, ellos lo entenderán.
Dales un lugar a tu lado,
dales los mismos papeles de residencia que tienes tú,
que tus hijos jueguen con sus hijos,
que visiten contigo el mismo centro comercial,
dales coche nuevo cada tres o cuatro años,
televisión de plasma, vídeo, ordenador,
dales un lugar salubre con jardín
y con vistas al sol de cada tarde
que les quiten sus ganas de suicidarse
o de probar el mundo de los estupefacientes.
Créeme, algunos te preguntarán
si existe todo eso,
otros dirán que porqué no lo han tenido antes
y otros te exigirán que se lo des ya,
en nombre de tu Dios y del suyo
en nombre de todas tus buenas intenciones
en nombre de las gárgaras que haces
cuando dices Justicia y Democracia.
Si no lo haces, ya sabes,
ellos continuarán encendiendo hogueras por la noche,
quemando coches, tal vez el tuyo,
quemando escuelas, fábricas, iglesias, paraninfos...
¡Es tan terrible no tener luz...!
¡Es tan dura la oscuridad...!
¡La vida de ellos y de sus familias
bien vale un incendio, de tu conciencia!.
Publiqué este artículo con ocasión de los acontecimientos que se relatan en él.
El jardinero fiel
"El Papa Verde, para que ustedes lo sepan, es un señor que está metido en una oficina y tiene a sus órdenes millones de dólares. Mueve un dedo y camina o se detiene un barco. Dice una palabra y se compra una República. Estornuda y se cae un Presidente, General o Licenciado... Frota el trasero en la silla y estalla una revolución. Contra ese señor tenemos que luchar" Miguel Angel Asturias . Viento fuerte.
Estas reveladoras palabras pueden servir como ilustración del contenido de esta película que me atrevo a recomendarles para estas próximas Navidades. Pero "el jardinero fiel" es mucho más que eso, es además una historia de amor incondicional, es también el proceso de maduración de dos seres en su compromiso y en su coherencia y es por encima de todo una dura historia de la situación africana, espeluznante y agria, pero real y en último término, gracias a la solidaridad, esperanzadora. El nudo con el que se sale de la película, se disuelve en el análisis del sentido pleno de la palabra Fidelidad.
¿Qué pasaría si usted, sujeto de derechos en este primer mundo, descubriera que una empresa farmacéutica está experimentando un fármaco con su hijo/a, con el fin de descubrir si sus efectos secundarios son dañinos o no para la salud...?
Traslade ahora su pregunta imaginando que usted es africano/a y vuelva a hacerse la pregunta. ¿Coincide su respuesta?. Si su análisis ha sido algo parecido a "¡Qué importa, si después de todo van a morir igual...!", usted está en el reparto de la cinta. Medicinas desechables para vidas desechables. Bienvenidos a Africa, donde el sufrimiento no cabe en ningún poema.
Hoy en día vivimos en un mundo hipócrita en el que ser inconsciente es oto modo de ser culpable y en el que los culpables hace mucho que lo son conscientemente sin ninguna hipocresía moral. La larga mano de las multinacionales farmacéuticas para las que la vida no vale nada, es sólo un ejemplo más. Sobre todo si la vida en cuestión es una vida de mujer, pobre y de color; sí, la vida no vale nada, salvo para aumentar sus dividendos.
Dice la poeta Idoia Ikardo que "morir ha de ser como un despertar solo en un país extraño". Pues bien, imagínense que eso sea también vivir. Y sin embargo... Sin embargo Africa es ese lugar donde la fidelidad de un jardinero sencillamente abre un hueco para la esperanza. Cuando se les quite el miedo o se les acabe el coraje, plantéense entre otras soluciones la necesidad de salir de la rueda consumista e hipócrita de esta sociedad desequilibrada, porque es imposible deternerla en su loca carrera ladera abajo. Yo confío en que su sensibilidad les permita arrancar los hierbajos de su jardín y arrancar los hierbajos de su conciencia, vivir con honestidad, practicar la denuncia de los parásitos allá donde los haya y usar herbicidas no contaminante para eliminar a los pulgones y a los Papas Verdes.
Termino. En este primer mundo la vida nos pones demasiado habitualmente todos los entretenimientos y todas las distracciones posibles para trampearnos, pero la vida es corta y dura, se aprende con el dolor y las cosas que llamamos "importantes" en nuestra azarosa cotidianeidad, las cosas en las que empleamos buena parte de nuestro tiempo, quizás no lo sean del todo, y lo importante sea lo otro, lo que no es importante a primera vista, pero que curiosamente es lo que fundamenta nuestra vida. Dejen que sus hijos vayan a pasar miedo con King Kong o con Harry Potter, pero ustedes vayan a ver El Jardinero Fiel y dense un baño de dignidad y de solidaridad con los empobrecidos. Y luego actúen en consecuencia.
Iosu Moracho
En nombre del Comité Cristiano de Solidaridad
con América Latina de Nafarroa.
Estas reveladoras palabras pueden servir como ilustración del contenido de esta película que me atrevo a recomendarles para estas próximas Navidades. Pero "el jardinero fiel" es mucho más que eso, es además una historia de amor incondicional, es también el proceso de maduración de dos seres en su compromiso y en su coherencia y es por encima de todo una dura historia de la situación africana, espeluznante y agria, pero real y en último término, gracias a la solidaridad, esperanzadora. El nudo con el que se sale de la película, se disuelve en el análisis del sentido pleno de la palabra Fidelidad.
¿Qué pasaría si usted, sujeto de derechos en este primer mundo, descubriera que una empresa farmacéutica está experimentando un fármaco con su hijo/a, con el fin de descubrir si sus efectos secundarios son dañinos o no para la salud...?
Traslade ahora su pregunta imaginando que usted es africano/a y vuelva a hacerse la pregunta. ¿Coincide su respuesta?. Si su análisis ha sido algo parecido a "¡Qué importa, si después de todo van a morir igual...!", usted está en el reparto de la cinta. Medicinas desechables para vidas desechables. Bienvenidos a Africa, donde el sufrimiento no cabe en ningún poema.
Hoy en día vivimos en un mundo hipócrita en el que ser inconsciente es oto modo de ser culpable y en el que los culpables hace mucho que lo son conscientemente sin ninguna hipocresía moral. La larga mano de las multinacionales farmacéuticas para las que la vida no vale nada, es sólo un ejemplo más. Sobre todo si la vida en cuestión es una vida de mujer, pobre y de color; sí, la vida no vale nada, salvo para aumentar sus dividendos.
Dice la poeta Idoia Ikardo que "morir ha de ser como un despertar solo en un país extraño". Pues bien, imagínense que eso sea también vivir. Y sin embargo... Sin embargo Africa es ese lugar donde la fidelidad de un jardinero sencillamente abre un hueco para la esperanza. Cuando se les quite el miedo o se les acabe el coraje, plantéense entre otras soluciones la necesidad de salir de la rueda consumista e hipócrita de esta sociedad desequilibrada, porque es imposible deternerla en su loca carrera ladera abajo. Yo confío en que su sensibilidad les permita arrancar los hierbajos de su jardín y arrancar los hierbajos de su conciencia, vivir con honestidad, practicar la denuncia de los parásitos allá donde los haya y usar herbicidas no contaminante para eliminar a los pulgones y a los Papas Verdes.
Termino. En este primer mundo la vida nos pones demasiado habitualmente todos los entretenimientos y todas las distracciones posibles para trampearnos, pero la vida es corta y dura, se aprende con el dolor y las cosas que llamamos "importantes" en nuestra azarosa cotidianeidad, las cosas en las que empleamos buena parte de nuestro tiempo, quizás no lo sean del todo, y lo importante sea lo otro, lo que no es importante a primera vista, pero que curiosamente es lo que fundamenta nuestra vida. Dejen que sus hijos vayan a pasar miedo con King Kong o con Harry Potter, pero ustedes vayan a ver El Jardinero Fiel y dense un baño de dignidad y de solidaridad con los empobrecidos. Y luego actúen en consecuencia.
Iosu Moracho
En nombre del Comité Cristiano de Solidaridad
con América Latina de Nafarroa.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
El huracán de los pobres
Los que trabajaron duramente
en la parte trasera
de los paraísos turísticos,
los que vivían en los ruinosos suburbios
de Biloxi y Nueva Orleans,
aquellos que desde hacía mucho tiempo
se sabían vulnerables al desastre
si los diques fallaban,
los sin coche para escapar a tiempo,
los que fueron dejados atrás
por falta de un plan
para su rescate.
Los que hicieron largas colas
para entrar en el Superdome
y en el Centro de Convenciones
y largas colas para salir de allí,
aquellos que robaron comida,
zapatillas de deporte, televisores de plasma
y rifles de caza,
los negros y los pobres
los pobres negros y los negros pobres,
los negros hijos de puta...
Los que murieron soñando
con los ojos de Scarlett O´Hara
o con una frase de Tennessee Williams,
los que en la cuna del Jazz Dixie
vivieron una vida
de historias turbias, violentas y románticas,
aquellos que no leían el New York Times
y no compraban ropas de marca,
los mismos que con una maleta de andrajos
se quedaron sin libros, sin discos
y sin recuerdos.
Los crupiers del Hard Rock Café
y los que fueron al Treasure Bay
a reventar las tragaperras,
aquellos que robaron la capa de Elvis,
la gorra de Lennon
y el corsé de Madonna,
los que tomaban la ultima copa
asomados a los balcones de hierro forjado
del barrio francés,
cuando Katrina llegó.
Los que leían los libros de Faulkner
en las universidades de Tulane y de Loyola,
los que rezaban al Dios Huracán
desde la orilla del lago Pontchartrain,
aquellos que escaparon río arriba
de las novelas de Twain
en los viejos vapores de rueda
que aun surcan el Mississippi.
Los que dieron las gracias a Dios
y a Louis Armstrong
porque habían conseguido salir del infierno,
los que inventaron palabras mestizas,
canciones de colores
y costumbres maravillosas
con todo el ritmo de una ciudad palpitante,
los mismos que bajaban muriendo
por el viejo padre Mississippi,
los hijos del profundo sur
de la Norteamérica profunda,
los que vivían en la región
de Yoknapatwpha.
Los que murieron en la ciudad sumergida
y esperaron un funeral
con bandas de Jazz
que nunca llegó,
aquellos que nunca se beneficiarán
de un "concierto para la ayuda
de las víctimas del huracán".
Los que jamás supieron que fueron víctimas
del cambio climático del sistema,
los que murieron en el silencio
y en la incomprensión,
esos que se sintieron tirados
como animales en la calle,
los que se dejaron morir
esperando una ayuda
que nunca llegó,
aquellos que pagaron impuestos,
respetaron la ley
y murieron como buenos
norteamericanos.
(Artículo publicado en Diario de Noticias, después del huracán)
Los que trabajaron duramente
en la parte trasera
de los paraísos turísticos,
los que vivían en los ruinosos suburbios
de Biloxi y Nueva Orleans,
aquellos que desde hacía mucho tiempo
se sabían vulnerables al desastre
si los diques fallaban,
los sin coche para escapar a tiempo,
los que fueron dejados atrás
por falta de un plan
para su rescate.
Los que hicieron largas colas
para entrar en el Superdome
y en el Centro de Convenciones
y largas colas para salir de allí,
aquellos que robaron comida,
zapatillas de deporte, televisores de plasma
y rifles de caza,
los negros y los pobres
los pobres negros y los negros pobres,
los negros hijos de puta...
Los que murieron soñando
con los ojos de Scarlett O´Hara
o con una frase de Tennessee Williams,
los que en la cuna del Jazz Dixie
vivieron una vida
de historias turbias, violentas y románticas,
aquellos que no leían el New York Times
y no compraban ropas de marca,
los mismos que con una maleta de andrajos
se quedaron sin libros, sin discos
y sin recuerdos.
Los crupiers del Hard Rock Café
y los que fueron al Treasure Bay
a reventar las tragaperras,
aquellos que robaron la capa de Elvis,
la gorra de Lennon
y el corsé de Madonna,
los que tomaban la ultima copa
asomados a los balcones de hierro forjado
del barrio francés,
cuando Katrina llegó.
Los que leían los libros de Faulkner
en las universidades de Tulane y de Loyola,
los que rezaban al Dios Huracán
desde la orilla del lago Pontchartrain,
aquellos que escaparon río arriba
de las novelas de Twain
en los viejos vapores de rueda
que aun surcan el Mississippi.
Los que dieron las gracias a Dios
y a Louis Armstrong
porque habían conseguido salir del infierno,
los que inventaron palabras mestizas,
canciones de colores
y costumbres maravillosas
con todo el ritmo de una ciudad palpitante,
los mismos que bajaban muriendo
por el viejo padre Mississippi,
los hijos del profundo sur
de la Norteamérica profunda,
los que vivían en la región
de Yoknapatwpha.
Los que murieron en la ciudad sumergida
y esperaron un funeral
con bandas de Jazz
que nunca llegó,
aquellos que nunca se beneficiarán
de un "concierto para la ayuda
de las víctimas del huracán".
Los que jamás supieron que fueron víctimas
del cambio climático del sistema,
los que murieron en el silencio
y en la incomprensión,
esos que se sintieron tirados
como animales en la calle,
los que se dejaron morir
esperando una ayuda
que nunca llegó,
aquellos que pagaron impuestos,
respetaron la ley
y murieron como buenos
norteamericanos.
(Artículo publicado en Diario de Noticias, después del huracán)
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