Escrita con patas de abeja, brazos de hormiga
y alas de mariposa, la letra pequeña
guarda el secreto de lo que no vemos cuando miramos,
la magia de lo que no escuchamos cuando oímos.
Pequeña como los brazos del escarabajo
que empuja sus desperdicios por la ladera del terraplén
para desatar un huracán en las remotas tierras de Indonesia.
Pequeña como el matiz que falta en el cuadro de la derecha
para completar las siete diferencias con el de la izquierda.
Pequeña sí, como las patitas del ciempiés,
filigrana de serpentina después de una fiesta,
tan frágil que todo le pasa por encima,
todas las muertes y todas las vidas.
Letra pequeña, libélula que vuela sin ruido,
guedeja de cabello que cuelga sobre el abrigo
y que tanto se parece a ti.
Siempre nos han dicho que hay que tener cuidado con ella,
porque es perversa, malévola,
quizás porque está escrita con la miniatura adecuada
para engañar a la vista,
quizás porque guarda secretos inconfesables,
o quizás como dicen los anglosajones,
porque el demonio está en los detalles:
the
devil is in the details
o lo que
es lo mismo,
el
problema está en la letra pequeña…
Letra
pequeña, sí,
la de
los desahucios, los contratos bancarios,
los
seguros de coche y de vida,
la de
las hipotecas,
la de los
utensilios que compramos con alborozo,
la de
los teléfonos móviles y las ofertas,
la de
las noticias, los telediarios,
el
consumo, la publicidad,
los
alquileres, los bancos, las tarjetas de crédito,
la de la
escuela y la de los libros…
La letra
pequeña, muy pequeña
de la
vida,
(sin
instrucciones de uso),
la que
se escribe despacio como el miedo y la envidia,
la que
no se guarda en joyeros
como la
arena, la tierra, el polvo y los guijarros.
Letra
pequeña…
Y sin
embargo,
también
la letra de los cotidiano, lo pequeño, lo sencillo,
eso que
es tan importante que no se escribe en el diario,
la letra
de los detalles, las pequeñas palabras que acarician,
los
gestos, las miradas, los silencios
cómplices.
Eso que
es necesario.
Hoy
quiero trabajar con mis alumnos
la letra
pequeña de la vida,
esa con
la que nos engañan en los documentos de compra-venta,
en los
contratos amparados por la ley,
esa que
nadie lee.
No sé
cómo hacerlo,
quizás
me falten ideas y creatividad,
quizás
me falte valentía y arrojo.
Quiero
sacarlos al patio, a la zona prohibida,
a esa en
la que se descubren las cosas que están escondidas
en las
horas en las que el sol se guarda en su garganta.
Les
llevo al jardín del paraíso,
en torno
al cedro que plantaron hace más de sesenta años,
junto a
la zona de descanso de las viejitas que ocupan la casa de al lado,
en plena
hora de la siesta…
Vamos en
silencio, sí,
desde el
balcón de la casa de las mayores
una
manos anciana nos saluda
con su
latido de mano pequeña, letra pequeña,
le
alegramos la tarde y sonríe, otra letra pequeña.
La eternidad acaba cuando acaba
el lenguaje,
decía Wittgenstein,
el ámbito del lenguaje acaba en
el silencio.
Otra
letra pequeña…
Estamos
sentados en círculo,
mirando
hacia el cielo -nada más revolucionario que eso-,
junto al
árbol del conocimiento.
Quiero
enseñarles a mirar en silencio,
quiero
pedirles que observen la letra pequeña del contorno:
las
agujas de las hojas,
el tacto
rugoso de la corteza del cedro,
las
setas que han nacido por encanto entre las raíces,
la luz entre
las hojas,
la
soledad de la piedra,
la
frescura de la hierba,
el
universo en acción del hormiguero,
el siseo
del viento en un lenguaje antiguo de letras pequeñas,
la
música dormida de esta tarde,
la
quietud, la calma, el latido de la vida del árbol
y que se
agita en su corazón, en medio de su pecho.
Letra
pequeña,
tan
cercana como los compases del metrónomo,
entre el
tic y el tac del reloj de la escuela,
el
latido de la respiración desde el balcón de la casa de las mayores
que
duermen en sueños de letra pequeña…
Nacer,
es
siempre nacer a la luz…


