domingo, 2 de marzo de 2014

La red

Alguna día se caerá la red
y así evitaremos electrocuciones,
bajadas de tensión
y pérdidas de conexión.
Entonces nos nos quedará más remedio
que volver a los besos al oído,
las palabras en las mejillas
y los arrumacos en la nuca...

Iosu Moracho Cortés

Escarabajos


Nada más nacer
observan a sus mayores
hacer rodar delante suya
la pelotita de desperdicios
rumbo a la madriguera.
Provisiones de invierno, se dicen,
previsiones de frío.
Rodar y hacer rodar la basura cotidiana
puede suponer la diferencia
entre la vida y la muerte.

Así, mientras otros se quedan en las cunetas
de los caminos
esperando iluminar la noche
con secreciones de luz,
los escarabajos apuran el paso
y empujan su bolita de barro
por esa pequeña pendiente
con cuidado de que la vida
no se la eche encima y acaben enlodados.

Los escarabajos,
confundidos a ratos con las cucarachas,
por la ignorancia de los humanos,
acaban, no pocas veces,
bajo la bota de algún muchacho callejero
o alguna adolescente dolorida.

Cundo su ímpetu es grande, a veces, sucede
que sus manos se enganchan a la bolita de desperdicios
y en un empujón se encrestan sobre ella
y ruedan junto a su basura
haciendo trompos y vueltas de campana
hasta que se sueltan de su miseria
y quedan, a la piedad del mundo,
con las patitas boca arriba
y el cascarón de barca pegado a la tierra,
así, hasta que logran darse la vuelta
para volver a empezar.

Eso sí,
lo que poca gente sabe
es que cuando cae el sol y se oculta como una moneda
por la hucha del horizonte,
de la parte superior de su espalda
en el lugar donde los soldados llevan su mochila,
se descubren, como por ensalmo,
dos pares de alitas finas y casi transparentes,
porque, ya no es un secreto, como nosotros,
los escarabajos vuelan al atardecer.

Iosu Moracho Cortés

Las matemáticas y el alma

¿Las matemáticas también pueden arañar el alma?

¿Es posible explicar la formación del mundo con números?
¿Se puede desarrollar una fórmula matemática
para relatar un enamoramiento adolescente?
¿Se puede expresar el vacío categóricamente
a través de alguna expresión algebraica
y sin morir de frío?

¿Cómo se dice "te quiero" a través de una integral,
una derivada o un logaritmo neperiano?

Iosu Moracho Cortés

Eclipse de sol


Clase de Ciencias Naturales
en primero de primaria.
Con un dedito, tapando al sol,
jugamos a eclipses.

Los niños son listos,
en seguida me eclipsan a mí.
Luego se eclipsan entre ellos:
reafirmación, autonomía,
estima de uno mismo.

Con un dedito tapamos al otro
y a lo que no queremos ver.
Tendrán todo el resto de primaria y más…
para aprender que eso no hace
que los males desaparezcan…

Iosu Moracho Cortés

sábado, 21 de diciembre de 2013

Saludos

Y un saludo cariñoso a los del Hotel Torre de Uriz del Valle de Arce de Nafarroa, que veo que me léis de vez en cuando. Agurrak biotzekin.

La letra pequeña



 
Escrita con patas de abeja, brazos de hormiga
y alas de mariposa, la letra pequeña
guarda el secreto de lo que no vemos cuando miramos,
la magia de lo que no escuchamos cuando oímos.

Pequeña como los brazos del escarabajo
que empuja sus desperdicios por la ladera del terraplén
para desatar un huracán en las remotas tierras de Indonesia.

Pequeña como el matiz que falta en el cuadro de la derecha
para completar las siete diferencias con el de la izquierda.

Pequeña sí, como las patitas del ciempiés,
filigrana de serpentina después de una fiesta,
tan frágil que todo le pasa por encima,
todas las muertes y todas las vidas.

Letra pequeña, libélula que vuela sin ruido,
guedeja de cabello que cuelga sobre el abrigo
y que tanto se parece a ti.

Siempre nos han dicho que hay que tener cuidado con ella,
porque es perversa, malévola,
quizás porque está escrita con la miniatura adecuada
para engañar a la vista,
quizás porque guarda secretos inconfesables,
o quizás como dicen los anglosajones,
porque el demonio está en los detalles:
the devil is in the details
o lo que es lo mismo,
el problema está en la letra pequeña…

Letra pequeña, sí,
la de los desahucios, los contratos bancarios,
los seguros de coche y de vida,
la de las hipotecas,
la de los utensilios que compramos  con alborozo,
la de los teléfonos móviles y las ofertas,
la de las noticias, los telediarios,
el consumo, la publicidad,
los alquileres, los bancos, las tarjetas de crédito,
la de la escuela y la de los libros…

La letra pequeña, muy pequeña
de la vida,
(sin instrucciones de uso),
la que se escribe despacio como el miedo y la envidia,
la que no se guarda en joyeros
como la arena, la tierra, el polvo y los guijarros.

Letra pequeña…

Y sin embargo,
también la letra de los cotidiano, lo pequeño, lo sencillo,
eso que es tan importante que no se escribe en el diario,
la letra de los detalles, las pequeñas palabras que acarician,
los gestos, las miradas,  los silencios cómplices.
Eso que es necesario.

Hoy quiero trabajar con mis alumnos
la letra pequeña de la vida,
esa con la que nos engañan en los documentos de compra-venta,
en los contratos amparados por la ley,
esa que nadie lee.

No sé cómo hacerlo,
quizás me falten ideas y creatividad,
quizás me falte valentía y arrojo.
Quiero sacarlos al patio, a la zona prohibida,
a esa en la que se descubren las cosas que están escondidas
en las horas en las que el sol se guarda en su garganta.
Les llevo al jardín del paraíso,
en torno al cedro que plantaron hace más de sesenta años,
junto a la zona de descanso de las viejitas que ocupan la casa de al lado,
en plena hora de la siesta…

Vamos en silencio, sí,
desde el balcón de la casa de las mayores
una manos anciana nos saluda
con su latido de mano pequeña, letra pequeña,
le alegramos la tarde y sonríe, otra letra pequeña.

La eternidad acaba cuando acaba el lenguaje,
decía Wittgenstein,
el ámbito del lenguaje acaba en el silencio.
Otra letra pequeña…

Estamos sentados en círculo,
mirando hacia el cielo -nada más revolucionario que eso-,
junto al árbol del conocimiento.
Quiero enseñarles a mirar en silencio,
quiero pedirles que observen la letra pequeña del contorno:
las agujas de las hojas,
el tacto rugoso de la corteza del cedro,
las setas que han nacido por encanto entre las raíces,
la luz entre las hojas,
la soledad de la piedra,
la frescura de la hierba,
el universo en acción del hormiguero,
el siseo del viento en un lenguaje antiguo de letras pequeñas,
la música dormida de esta tarde,
la quietud, la calma, el latido de la vida del árbol
y que se agita en su corazón, en medio de su pecho.

Letra pequeña,
tan cercana como los compases del metrónomo,
entre el tic y el tac del reloj de la escuela,
el latido de la respiración desde el balcón de la casa de las mayores
que duermen en sueños de letra pequeña…

Nacer,
es siempre nacer a la luz…

domingo, 22 de septiembre de 2013

Laurel



Lo cuenta David González


en ese libro suyo que es imperante y enaltecedor
desde las vísceras y la ternura:
Anda, hombre, levántate de ti…

Los albañiles,
los levantadores de edificios con cargo a su salud,
los constructores de casas con riesgo laboral,
los edificadores de nuestro bienestar por la gracia de Dios,
hace ya tiempo, unos cuantos años,
tenían la costumbre de colocar
en el punto más alto del edificio en construcción
una ramita de laurel para alejar los peligros de los accidentes:
una bandera vegetal mirando al cielo,
la mano de un dios de la naturaleza como capazo de los rayos
y las caídas desde el andamio.

Hoy esta costumbre se va perdiendo.
Yo recuerdo ramas de laurel en las puertas de los caseríos vascos
junto al eguzkilore y los aldabones de hierro
como cicatrices sobre la madera.
El laurel Laurus nobilis, tiene la nobleza
de acompañar las penurias de los trabajadores,
de condimentar sus comidas,
de laurear a los vencedores
y de esconder a las perseguidas de los dioses
bajo su manto de hojas duras y olorosas,
(Dafne se convirtió en laurel huyendo del deseo de Apolo).

Yo corro a preguntarle a mi vecino, albañil,
ahora en paro en medio de la crisis, pero albañil.
Me dice que recuerda algo, pero que es una costumbre de hace tiempo,
como regalar aguinaldo a los carteros, pienso,
botellas de turrón y champán al guardia urbano,
o un platito con mazapanillos al sereno que guardaba las llaves
de toda la comunidad.

Del laurel, me dice, ya no queda nada.
Yo le digo: Mi abuela lo ponía en la olla
cuando hacía las alubias…
Recuerda César que eres humano,
le repetía el esclavo al dignatario
cuando este entraba triunfante en la ciudad.

Y mientras tanto le sostenía sobre su cabeza una coronita
de laurel…

                                        Iosu Moracho Cortés
                                        Septiembre 2013